Entrevista postelectoral en Mañanas Cuatro

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Entrevista postelectoral en Mañanas Cuatro. Algunos no quieren dar a Unidos Podemos el tiempo que tuvo el PSOE o el PP en su día. Pero 71 diputados son un ejército al servicio de unas políticas diferentes. Los estudios postelectorales van a demostrar que la España emergente va a gobernar en dos o tres años. Ahora es duro asumir que hay una España que no castiga todo lo que ha robado el PP: es la gente que arrastra mucha cultura del pasado y que mide las cosas con anteojeras. Pero la gente más joven, con estudios, formada, ya ha traído un nuevo país. Ahora empieza otra etapa.

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A la primera no va la vencida

MADRID 08 06 2016 Politica Podemos presenta programa su programa electoral FOTO de AGUSTIN CATALAN

“es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”

Mariano Rajoy

Una vez más Podemos ha sido rehén del infantilismo y se ha creído las encuestas. Sólo porque las encuestas decían lo que quería oír. Cosas de juventud. Como se ha medido con las expectativas, un resultado que es objetivamente espectacular -71 diputados en la primera/segunda vez que acude a las elecciones- siembra la idea de fracaso. Sin hacer valer que tiene un grupo electoral potente para demostrar su capacidad de ser una fuerza política alternativa. El único que en un par de meses va a demostrar que iba en serio en su lucha contra las políticas de ajuste. Tras mucho repetir que cogían las encuestas con prudencia, al final las han tomado como la palabra de Dios. Y la palabra de Dios, teñida de miedo y de Brexit, ha rugido que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Estremecen el cielo y el infierno las palabras de Fernández Maíllo, vicesecretario de Organización y Electoral del PP, cuando dice que el resultado electoral exonera de culpa a Fernández Díaz de haber intentado sembrar pruebas contra sus adversarios políticos. De manera que el buen resultado del PP en el Senado zanja las responsabilidades penales de, por ejemplo, Rita Barberá. Y ya puestos, de Granados, que para eso el PP ha arrasado en Valdemoro. Ya no hay Papeles de Panamá, Rato, Fabra, Camps ni la sede del PP ni unas cuantas elecciones han sido financiadas con dinero negro. Los “volquetes de putas” se convierten en bendiciones de la Virgen. Spain is different. Y la democracia se nos va por el desagüe. No es que Unidos Podemos se haya equivocado. Es que hay un país real que sigue rehén del pasado y deprime. Si algo permanece de la idea de las dos Españas es que hay una que vive en el miedo y el egoísmo. Pero como tienen hijos y nietos que sufren las políticas de ajuste, irán dándose cuenta. Falta que vean la alternativa. De momento, el PP ha perdido la mayoría absoluta.

No anda lejos de la caspa el PSOE, que mide su resultado en virtud de las supervivencias internas. Como ha evitado el sorpasso, anda feliz como un niño con zapatos nuevos. Todos mirando a ver cómo quedan en la pelea de dentro. Susana Díaz midiendo cuánto ha sacado a Podemos (aunque la haya derrotado el PP en Andalucía), y Sánchez ahuecándose el cuello de la camisa aliviado aunque haya llevado al PSOE al peor resultado de su historia. Esto de la vieja política de partidos es cada vez más patético. Una España que emigra y otra España que bosteza.

Vengo insistiendo en que no basta adaptarse a lo que la gente quiere para ganar unas elecciones. Eso te hace parecer en exceso táctico, limando constantemente las aristas, negándote a ti mismo a cada instante, y, al tiempo, generando confusión sobre lo que realmente piensas. En el enfado de la ciudadanía hay mucho de rabia contra los excesos del sistema, no contra el sistema. Eso hace ser muy vocinglero y bramar contra los gobernantes. Pero a la hora de la verdad, te das cuenta de que no tienes demasiados argumentos contra los que pensabas que desprecias y que tampoco tienes claro cuál es el modelo alternativo. No te los han dado o no has llegado a entenderlos. Terminas diciendo: son unos hijos de puta pero son nuestros hijos de puta. Te emociona ver al zorro hacer la zeta en la mejilla del Virrey rijoso, pero eso no basta que quieras ver al zorro sentado en la silla del Virrey. Hasta que el zorro te diga realmente quién es y qué quiere hacer con el país. Y desmontar las mentiras que han dicho sobre él requiere tiempo. Cambiar un país no se hace en dos años.

No basta hacer un discurso hueco, adornado con una labia simpar y embellecido con el oropel de las televisiones si no planteas una alternativa clara y, al tiempo, insistes en el problema que tienen los partidos con los que confrontas. Como vengo insistiendo, si no das herramientas para movilizar a tus votantes, tus votantes no se van a movilizar. Los dos partidos que no han criticado a las fuerzas contra las que peleaban no han sacado el resultado esperado. Ciudadanos criticaba solo a Rajoy porque si criticaba a al PP pensaba que no le iban a votar. Y ahí está el resultado. Podemos hacía lo mismo con el PSOE, evitando criticar al partido para ganar a sus votantes, limitándose a criticar a la dirigencia. Dando a veces la sensación de que lo que realmente querría es ocupar el lugar del PSOE, sin entender que el PSOE forma parte de un mundo que pertenece ya al pasado. El rizo lo ha completado la campaña electoral, que buscaba ser una suerte de PSOE punto dos. La transversalidad no es regresar a la conciencia de ser muleta del PSOE ni ponerse ropas que recuerden al 82, sino poner con palabras nuevas el discurso de la emancipación que afecta a las mayorías en este tiempo de hegemonía neoliberal. De nada sirve la idea brillante de hacer un catálogo de IKEA si eso no sirve para dejar claro cuál es tu modelo de país. Les entusiasma la idea del catálogo, pero quieren ver cómo queda el mueble montado. O verte con las herramientas en la mano –aunque sea llave alen- apretando turcas. De nada sirve una campaña de sonrisas si no estás con las víctimas. Y si no le muestras los dientes a los culpables concretos de los dolores concretos. Al miedo no lo vences presentándote como un león enjaulado, sino ganando a la gente para tu ejército.

El mito de las dos Españas solo ha servido para justificar el autoritarismo de una minoría contra las mayorías. Pero hoy es cierto que hay una España mayor, socializada en el franquismo, rehén del miedo, con una idea muy débil de lo que debe ser la ciudadanía (me da igual que los políticos roben si a mí me va bien) y que se moviliza contra cualquier cambio; y otra España emergente que espera -me temo que no siempre de manera activa- una política que se parezca a ellos. Esta España más fresca se ha cansado del espectáculo estrictamente parlamentario de los últimos meses -hasta las actividades de calle de Podemos han sido parlamentarias-, de los debates desdentados, de la falta del coraje que te cuenta que debes formar parte de una pelea dura porque te estás jugando un país. Y han desertado del voto mientras que las personas mayores, con el miedo acrecentado con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, han vuelto a colgar en su salón el bordado que dice “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Los medios siguen queriendo domesticar a Podemos. Y van a intentar convertirlo en una muleta del PSOE. Lo de siempre. Por eso quieren decir que Pablo Iglesias es responsable único de un resultado espectacular que solamente es malo si se le mide con las expectativas de las encuestas-trampa. Olvidan que toda la Ejecutiva apoyó la confluencia con Izquierda Unida. Y que las bases apoyaron de manera contundente, con el 98%, esa confluencia. Y que nadie –tampoco Íñigo Errejón, como quieren presentar algunos medios- se puso del lado del 2% que estaba en contra de esa confluencia. Y que de no haberse presentado juntos el resultado hubiera sido aún peor. El problema no está en la confluencia, que va en el camino correcto, sino en entender qué ha fallado para que votantes que apoyaron a estos partidos hayan decidido no hacerlo en estas elecciones.

Los partidos políticos son instituciones cada vez más caducas, y en el siglo XXI vamos a caminar hacia formaciones más “líquidas”. El futuro del espacio antaño llamado izquierda va a ocuparlo una suerte de Frente Amplio donde Podemos va a ser la nave nodriza pero solamente eso. De manera que la confluencia con IU va caminando en la dirección correcta. Ahora bien, esa nostalgia de IU por lo pretérito es excesiva. Dice Ortega que los españoles somos un pueblo extraño que proyecta las esperanzas hacia el pasado y no hacia el futuro. De manera que IU, muy española, insista en demasía con lo que fue, sus símbolos, palabras, análisis, referencias, lemas, banderas, historia. Un mundo del trabajo que ya no existe. Y una gloria que fue derrotada. No está mal que exista ese espacio, porque hay gente que se ve reflejada en ese ámbito. Pero choca con la construcción de un discurso que es transversal cuando apuesta por lo nuevo frente a lo viejo y lo de abajo frente a lo de arriba y no cuando regresa al espacio confuso de “izquierda y derecha”.

A Podemos le falta calle. Le falta movilización popular, identificarse en los problemas sociales, estar con las protestas laborales, discutir más con los sindicatos, con los estudiantes, con los dependientes, con las mareas, con los autónomos, con los damnificados de las multinacionales. A Podemos le hace falta menos ser brillante en la televisión –ya lo es de sobra- y más ser útil para la gente en la calle. Por eso mucha gente no ha entendido la firmeza a la hora de no ceder a un gobierno de Rivera presidido por Sánchez. Aunque Sánchez mienta y diga que iba a poner en marcha un gobierno de izquierdas. Porque hoy ya estaría justificando los recortes con la excusa de los 8.000 millones que esta misma mañana estaría reclamando Bruselas. Si Podemos se mimetiza con los demás partidos, va a ser medido como los demás partidos. Y Podemos se ha mimetizado. En la tediosa discusión parlamentaria para formar gobierno, en el tedioso debate a cuatro, en la estricta presencia parlamentaria, en la falta de originalidad en la organización interna. No se trata de ser izquierdistas sino de ser originales.

Los que quieren que Podemos sea muleta del PSOE dicen que el resultado es un fracaso de Pablo Iglesias. Insisto en que toda la Ejecutiva es responsables del resultado, especialmente los responsables de campaña. Y ni Pablo Iglesias ni Íñigo Errejón tienen que dimitir. Eso es lo que quisieran los que saben que Podemos es muy probable que gobierne en las próximas elecciones si es capaz de corregir sus errores. Felipe González perdió en 1977 y en 1979. Aznar perdió en 1993. Rajoy en 2004 y en 2008. Volvieron a presentarse y ganaron. Los paniaguados del bipartidismo piden dimisiones porque saben que Podemos es la única fuerza que va a hacer valer los intereses de la mayoría. Y que saben que Pablo Iglesias es uno de los políticos con mayor fuerza y preparación de la historia reciente de España. El PSOE va a demostrar a partir de ahora que una cosa es predicar y otra dar trigo. La socialdemocracia europea piensa que el trabajo estable es una reliquia del pasado, negocia el TTIP con los Estados Unidos y está de acuerdo con las políticas de austeridad. Son los mismos que quieren ejecutar a Jeremy Corbyn en Gran Bretaña porque les parece un radical y que presenciaron alegres cómo azotaban a Grecia por ser rebelde. En cuanto el PSOE demuestra quien en verdad es –algo que siempre oculta en las elecciones- aparecerá Unidos Podemos como la única fuerza que puede representar los intereses de la mayoría. Sólo falta que haga un ejercicio de madurez y, pasadas las elecciones, pase a hacer política en serio. A partir de ahora, lo que le toca es crecer.

 

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Para jueces y fiscales, toda la independencia que les niega el PP

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En campaña ya sabemos que casi todo vale. Aún más cuando andan los paniaguados del bipartidismo preocupados por que se les termina la impunidad de estos últimos años.Hay que estar atentos, porque si te descuidas dirán que has dicho lo que no has dicho. Y lo que pienso sobre la tarea de los jueces lo tengo claro desde hace mucho tiempo. Y ya va siendo hora de que la independencia judicial sea un hecho. Y los gobiernos y los partidos deben estar lejos de poder influir en la fiscalía, en el Consejo General del Poder Judicial y en los demás órganos del poder judicial.

Al PP se le están acumulando los juicios y la guardia civil investiga muchos casos de corrupción vinculados al partido de gobierno. Entonces es cuando sale Cristina Cifuentes a extrañarse de que los jueces hagan su trabajo, desde el PP señalan a los jueces que les acusan de que han pagado su sede con dinero B o  Hernando dice que el juez de La Mata les persigue porque es socialista. No porque sean algo que cada vez se parece más a una organización para delinquir. Que le pregunten a Bárcenas, a Rita Barberá, a Cotino, a los de Acuamed, a Correa, a Granados, a Ignacio González, a López Viejo, a De la Serna, a Arístegui, a Fabra, a Camps. Por nombras los que son inmediatamente reconocidos.

Al mismo tiempo, la guardia civil sigue investigando la red Púnica, la Gürtel, Acuamed e, incluso, se ha visto obligada a registrar la sede del Partido Popular en la calle Génova. Será por esto que el Ministro del Interior, no cualquier otro miembro del PP sino el mismísimo Ministro del interior, siembra sospechas sobre la guardia civil. El mismo que se reúne con Rato o tiene a sus órdenes comisarios que pasan pruebas falsas al periodismo pantuflo para incriminar a Podemos. Más de 200 llamadas de teléfono. Las instituciones al servicio de un partido político.

Así que ahora que el PP insulta a la guardia civil y los jueces -le debe parecer poco haber colocado de Presidente del Tribunal Constitucional a una persona que tenía carnét del PP- es hora de decirles que en Unidos Podemos van jueces independientes y guardias civiles independientes que están esperando un gobierno que no se inmiscuya en las tareas de estos cuerpos y que garantice el pleno cumplimiento de la Constitución. Y lejos de criticar la tarea de jueces, policías y guardias civiles cuando cumplan con su trabajo, el gobierno de Unidos Podemos tendrá como una de sus misiones garantizar que todos los que han robado, han prevaricado, han envenenado el agua, han hecho campañas con dinero negro, han financiado sus sedes con dinero negro, han pagado sobresueldos con dinero negro, han recibido financiación contratando de manera ilegal con empresas, han beneficiado a sus empresas amigas con dinero público, han pagado sobre precios a cambio de mordidas, etc, rindas cuentas ante la ley y terminen, si así lo determina la justicia, en la cárcel, sin beneficiarse de indultos y haciéndose todo lo posible para que devuelvan lo robado. Jueces, policías y guardias civiles al servicio de la mayoría, haciendo que se cumplan las leyes y sin entrometimiento de ningún partido. Lo que debe ser en un país desarrollado.

Porque alguien tendrá que garantizar el orden y la Constitución en este sálvese quien pueda en el que el PP quiere convertir España.

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Un debate desdentado

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A los debates desdentados les pasa como al Circo del Sol: lo predecible puede terminar matando al virtuosismo. El primer debate en un bar entre Iglesias y Rivera, que abrió gracias a Jordi Évole la puerta a una manera diferente de discutir políticamente, ha dejado paso de nuevo a las reglas de los burócratas de la escena, a los acuerdos previos, al acotamiento del espacio, a la dictadura de los directores de campaña que prefieren matar de aburrimiento antes que jugarse nada en un imprevisto.
Este único debate a cuatro en estas elecciones (señal de que nuestra democracia todavía es paleta y sigue permitiendo que existan políticos que no rindan cuentas mediáticas) ha parecido más una primera toma de contacto que un debate en toda regla. ¿No sería sensato que hubiera ahora un segundo? Pero esto es clamar en el desierto. Rajoy no quiere y obtiene más rédito no arriesgando que cumpliendo con el mandato democrático del debate. A fin de cuentas ¿quién se lo va a reprochar? Dio ruedas de prensa a través de una pantalla de plasma y ganó las elecciones.
Quizá lo único interesante del debate de ayer fueron las intenciones con las que cada contrincante preparó su intervención, desentrañar qué buscaban , cuáles fueron las decisiones que tomaron para enfrentar el debate, más allá del resultado final que ha aburrido al común de los mortales y ha apagado una vela en el altar de la reinvención de la política.
Rajoy llegó dispuesto a rescatar, una vez más, al soldado Sánchez. No sabemos qué encuestas manejan, pero deben de dar muy arriba a Unidos Podemos. Lo más sorprendente de la intervención del Presidente del Gobierno en funciones fue el ninguneo exagerado a Pablo Iglesias, a quien las encuestas dan como la segunda fuerza política en España. Rajoy quiere recuperar el bipartidismo turnista en el que se siente tan cómodo, contando con que una Gran Coalición es una garantía de que su partido no lo va a defenestrar, al tiempo que la buena sintonía con Sánchez impediría el escenario buscado por Soraya Sáez de Santamaría y otras gentes, donde la dimisión de Rajoy daría paso a un gobierno de coalición que pudieran justificar con sus bases.
Sánchez sigue empeñado en no salvarse a sí mismo. La única forma de recuperar votos pasaría por dejar claro que apoyará a un gobierno de cambio, pero se le atragantaba en la boca el sí, y cuando fue interrogado por Iglesias para que se expresara con claridad sobre un futuro gobierno Unidos Podemos-PSOE, apenas le salió una risa falsa que seguramente deprimió un poco más a sus votantes. Decidió confrontar más con Iglesias que con Rajoy, y para lo único que sirvió fue para que el gobierno del PP, el mismo que está señalado por el envenenamiento del Ebro, robar dinero de la visita del Papa o de la ayuda a la cooperación, romper a martillazos los discos duros de Bárcena, tener a todos sus tesoreros imputados, ver desfilar por la cárcel o los juzgados a buena parte de sus más preclaros líderes, haber puesto en peligro las pensiones futuras, añadir al acervo de frases políticas europeas la expresión “volquetes de putas”, empeorar el empleo, aumentar el número de mujeres asesinadas o manipular las instituciones -desde la policía a la judicatura pasando por la agencia tributaria-, se fuera de rositas. Sánchez parecía un galán en decadencia rehén de una vieja gloria de la que ni siquiera llegó a formar parte. Y que recurrió a la chabacanería cuando quiso hacer sangre con las querellas de Manos Limpias contra Podemos -todas las causas archivadas judicialmente- justo cuando dos de los últimos Presidentes del PSOE -no sólo de Andalucía- se sentaban en el banquillo por delitos graves con dineros públicos, y el responsable de las querellas está en la cárcel.
Rivera pescueceaba y daba cabezazos para hacerse un hueco en el barrio. Interrumpía y repetía el comportamiento impertinente y vulgar como cuando se sintió a sí mismo sembrado diciéndole a Iglesias en el programa de Évole “Maduro, Maduro”, para apostillar la afirmación del líder de Podemos de que hacía falta madurez social. Desinflado por el mal comportamiento electoral el 20D, los que financiaron a Ciudadanos para que fuera la muleta del bipartidismo están prefiriendo los originales y el brillo de Rivera regresa al lugar que tenía durante los diez años que hizo política en Cataluña.
Iglesias seguramente ganó a los puntos el debate, prácticamente empatado con Rajoy. La voluntad de aparecer como presidenciable le llevó a limar cualquier agresividad, pero un debate sin confrontación es como un combate de boxeo sin ganchos. No le sientan bien las jaulas a Iglesias y no queda claro que los indecisos vayan a encontrar razones en este debate para decantar su voto. Fue capaz de colocar con claridad la idea que hay dos bandos: un gobierno de gran coalición en cualquiera de sus formas, o un gobierno de cambio entre el PSOE y Unidos Podemos. Aunque Sánchez, con toda seguridad, deberá ser en esta ocasión Vicepresidente al haber dejado pasar el tren de diciembre.
La situación de impasse no se ha roto. Rajoy sobrevive, Sánchez agoniza, Rivera sigue queriendo ser la muleta que antaño fueron CiU y el PNV e Iglesias insiste al PSOE en que busque con él una cuarta socialdemocracia después del fracaso de la tercera vía de Blair, González y compañía. Pero el cansancio ciudadano no se ha ido. Y si no hay emoción en las televisiones, habrá que inventarlo en las calles. Quedan menos de dos semanas.

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Si el PSOE se atreve, Podemos tiene el cómo

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Ni un euro de gasto que no venga señalado de dónde se saca. Sin desmesuras, con responsabilidad pero también con coraje. Podemos ha presentado un gasto social acorde con el pacto que le brindó al PSOE: se reduce en 36.000 millones para dejarlo en 60.000 millones de gasto fiscal en el conjunto de la legislatura, es decir, 15.000 millones por año. La rebaja irá a gastos militares y gastos supérfluos, no gastos sociales. No es algo deseable rebajar el gasto social en tiempos de baja demanda, pero sabemos que el PP nos deja una deuda con Europa que van a exigírnosla el lunes siguiente a las elecciones. Puedes hacer como Rajoy y mentir. Pero este país ya no aguanta más mentiras.

Sólo hay seis sitios claros de donde sacar el dinero, además de generando empleo de calidad (que es una de las más relevantes reformas desde una perspectiva emancipadora): en primer lugar, recortando más derechos sociales y laborales o vaciando los ahorros públicos (el PP ya se ha comido la mitad de la hucha de las pensiones). Es la apuesta del PP, de Ciudadanos y, lamentablemente, del PSOE. En segundo lugar, de las empresas públicas, pero las vendieron prácticamente todas. Si Telefónica, Iberdrola y demás fueran hoy estatales, podrían estar financiando el gasto social, En tercer lugar, acabando con el fraude fiscal, las amnistías y los paraísos fiscales. Como cuarta medida, incrementando los impuestos. Pero haciendo que paguen los más ricos -que, además, son los que reciben más subvenciones-. No se trata de seguir cargando las subidas de impuestos sobre las espaldas de las clases medias, de los autónomos, de los pensionistas y de los trabajadores en general. Se trata de que pague más la gente que gana por encima de 60.000 euros, que son apenas el 5% de los españoles ¿No es sensato subir del 45% al 55% y en tramos progresivos para que los que más tienen más paguen?  En Estados Unidos, en los tiempos de mayor bienestar social, los ricos llegaron a pagar el 94% de sus ingresos. En esta dirección, se debe también subir hasta el 30% el impuesto de sociedades (y debe ser real, no que se convierta en un 5 o 10%. El 10% más rico es además quien se come el 30% de las subvenciones), así como recuperar impuestos sobre donaciones, transmisiones y patrimonio. Por último, hay que retrasar el pago de las deudas con Europa. Que para eso somos socios y los socios se ayudan entre sí. En 2016, bajaremos el déficit hasta el 4,3% (en vez de hasta el 3,7%: sus prisas no pueden ser nuestros estancamiento). El horizonte es bajarlo al 2.1% en 2019. Si no nos dejan crecer es imposible que podamos pagar.

Añadamos que queremos recuperar como banca pública la banca que hemos rescatado (Mare Nostrum y Bankia), que se va a poner en marcha un plan de transición energética con un coste de 4000 millones de euros y 400.000 puestos de trabajo. La reforma tributaria genera 38.000 millones. El incremento de la actividad económica que se pondrá en marcha, suma 14.000 millones. Y el aplazamiento del pago del déficit aporta otros 8.000 millones. Los 60.000 millones de gasto que se proponen. Claro, no hay para Gürtel, Púnica, aeropuertos sin aviones, autopistas sin coches, Fabras, De la Serna, Acuamed, Bárcenas, sobresueldos, más sobresueldos, pagos en diferido, sedes del PP, pagos en negro de campañas electorales, Taulas, Ritas Barberá, Cotinos y demás pequeños gastos de esos sacos son fondo que se han comido buena parte de nuestra democracia. Pero después del 26-J, esperemos que estén fuera. Si se atreve el PSOE.

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Aznar amenazando, Granados en la cárcel: mañanas Cuatro (3/06/16)

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Granados puede ser tan arrogante desde la cárcel, aunque le hayan pillado con bolsas para congelados llenas de joyas o con algún millón de euros en un armario o con terrenos recalificados para las escuelas concertadas y segregadas de Wert porque el Secretario General de su partido, el Presidente de nuestro Gobierno, le mandó un sms a un presuntísimo delincuente, que era el Tesorero de su partido, diciéndole por dios, amiguito, aguanta y no hables. “Luis sé fuerte”.

Dicen que es un escándalo que alguien que está parado y no recibe prestación alguna haga una chapuza y cobre en black. ¿Alguien se extraña que la Reina consorte le diga a un beneficiario de las tarjetas black de Bankia que España no está a la altura de tan importantes personajes? Por mi parte, ando convencido de que, con todo lo que sabemos, votar al PP en las elecciones de junio no deja de ser una muestra de apoyo a tanto desmán, una suerte de colaboración necesaria a través de las urnas que construye esa impunidad que muestran los que han estado robando todos estos años.

En las elecciones de junio todo el mundo tiene un poco más de información. De manera que el voto va a significar mucho más que en otras elecciones. Y por vez primera en mucho tiempo, vamos a poder elegir a un gobierno que pueda de verdad cambiar las cosas.

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El 15M: un guión que no admite cortes

Ana Pastor

Decía Guy Debord en los calores del mayo del 68 que en nuestras sociedades, saturadas audiovisualmente, todo tenía una segunda oportunidad, pero solo  como espectáculo. La sociedad aprende y por eso no pueden haber repeticiones. El quinto aniversario del 15M y la sobreactuación mediática permite recobrar la reflexión. El programa El Objetivo de la Sexta, retransmitido desde la Puerta del Sol donde desembocaba la manifestación que conmemoraba  los cinco años desde que empezó el 15M  ¿ha sido un ejemplo claro de banalización de la política cuando se convierte en espectáculo o fue un acierto porque toda la política se ha trasladado ya a la televisión y los medios?

Es evidente que antes los revolucionarios iban a la sierra y ahora van a los platós de televisión. Si se trata de cambiar en profundidad nuestras sociedades. Ignorar esto es poner palos en las ruedas de la construcción de hegemonía. Pero eso no significa que valga todo. Puedes ir a programas que ve gente a la que no llegarías de otra manera, pero no puedes, por ejemplo, participar en otros donde se humilla a concursantes o donde el dolor tiene presencia exclusivamente como una forma de hacer negocio. Ir a la televisión a hacer pedagogía en el lugar donde se construye el sentido común es, evidentemente, de sentido común. Pero no deja de ser territorio minado.

Todo lo que una persona con voluntad emancipadora hace en los medios lo ha aprendido en otros sitios. La televisión solo es un instrumento, nunca el fin. En la televisión sólo aprendes a representar o a discutir en un ritmo que no siempre es el que permite profundizar. Si no llevas aprendidas otras cosas de otras luchas, puedes hacer con el mismo gesto un reality show, una serie, presentar un telediario  o cocinar en el programón de Bertín Osborne. Terminas confundiéndote con el resto del ambiente. Si no todos los partidos son iguales, no todos deben hacer las mismas cosas ni hacerlas de manera idéntica.

El espectáculo desmantela la condición subversiva de la realidad, precisamente porque construye un decorado donde todo lo que amenaza ha sido desmantelado. Por eso el plató estaba rodeado de vallas y gente de seguridad. No me cabe la menor duda de que en el quinto aniversario de, pongamos por ejemplo, la toma de la Bastilla, Ana Pastor habría, de haberse dado el caso, emitido El Objetivo desde esa Plaza, con las banderas medidas en los lugares precisos, la Marsellesa sonando en el tono adecuado, y unos cuantos jacobinos, perfectamente caracterizados con las ropas convenientemente envejecidos, dando modulados gritos contra los borbones. Pero en modo alguno se aprovecharía la ocasión para llevar a ningún monarca camino de la guillotina, para plantear medidas de salud pública, dictar decretos de defensa de los menesterosos o dar por abolida en directo la monarquía. Por la misma razón por la que El Objetivo tendría enormes dificultades para emitir su programa desde un campamento de la dignidad o desde un encierro con trabajadores en lucha contra una multinacional. Por ejemplo, el de los trabajadores de Coca-Cola. La televisión puede agitar o, por lo común, puede desactivar. Convertir un lugar de lucha en un plató ¿hace más fácil la pelea? ¿Invita a cambiar el sistema? ¿Agita los ánimos para confrontar al 1%? Muy al contrario, después de terminado el programa, y una vez digerida la publicidad convenientemente seleccionada para el público que vería ese programa,  se contendrían los ánimos subversivos, limitados a la realidad virtual de la televisión. ¿Borra un plató de televisión las huellas de lo subversivo? La frontera es muy tenue. La probabilidad de meter la pata, incluso con buenas intenciones, es muy alta.

Los medios, especialmente privados, viven por y para las audiencias.  Romper la monotonía es una obligación económica. Siempre querrán un escenario que aumente el interés de lo que cuenten y, por tanto, sus espectadores. ¿Hay límites? Ya sabemos que para ellos no. De manera que corresponde a los periodistas saber que van a moverse en una delgada frontera donde, si llegas al límite eres un genio y si la pasas te conviertes en una parte más de la telebasura. Esa frontera delicada es la que te puede llevar  a donde han asesinado a ciudadanos mientras la sangre aún no se ha secado, a ayudar a refugiados a bajarse de una patera,  a emitir en directo un suicidio, a emitir en el punto Cero de Nueva York o los atentados de Atocha  o a entrevistar a asesinos o a víctimas.

La Puerta del Sol es un espacio histórico que, convertido en un circo mediático, se desactiva. No es gratuito que el sistema borre las huellas de lo que le amenaza. Cierto adanismo olvida que antes del 15M ahí estaban concentrados cada jueves los abuelos reclamando por la memoria histórica. ¿Por qué es más fácil poner una placa recordando el 15M que otra recordando que en el actual edificio de la Comunidad estaba la DGS donde se torturaron a miles de antifranquistas? Un plató ocupando una porción grande de la Puerta del Sol la noche del aniversario del 15M no multiplica ningún ánimo de transformación. Precisamente porque ese plató ha borrado oportunamente las huellas de la condición subversiva del 15M. Peligro que ni siquiera estaba ya en la gente que abucheó a Ana Pastor.

No es tampoco verdad que nadie le haya doblado el brazo a los medios para acudir a la plaza.  Si así fuera, también entonces les habría doblado el brazo el ISIS a los medios obligándoles a ir a grabar a París tras el atentado. Las razones son otras. Esa simplificación no oculta tampoco que esa noche no se estaba recuperando el 15M ni reactivando viejas luchas. EL 15M está ya en muchos más sitios que en la concentración de esa noche en que se abucheó a La Sexta. La manifestación era un ejercicio de memoria para no olvidar de dónde venimos, para recordar que en el 15M se juntaron muchas luchas y se repolitizó la ciudadanía en una nueva gramática. La nostalgia fue el gran actor después de que la gente se marchó. Pero la nostalgia es impotente. Seguramente La Sexta y los que aún aguantaban se necesitaban. Pero la pelea que puede cambiar las cosas tiene, al menos hasta el 26J, tensada la cuerda mirando en toda su complejidad a las elecciones.

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Un documento auténtico sobre el 15M

50 DÍAS DE MAYO: ENSAYO DE UNA REVOLUCIÓN

(película documental de Alfonso Amador sobre el 15M)

Cinco años del 15M. Después, la política española no volvió a ser la misma. Entender aquel proceso es entender hacia dónde vamos. Mucha gente pregunta en otros lugares de Europa y de América ¿cómo se puede construir un Podemos? La respuesta correcta es: ¿cómo podrías montar un 15M? No te pierdas este documental. Aquí tienes la magia del 15M y también todas sus dificultades. Vamos aprendiendo.

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Las debilidades de la hipótesis populista y la construcción de un pueblo en marcha

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Táctica y estrategia de Podemos

Cuando Podemos nació como formación política en 2014 se marcó como horizonte lograr la unidad popular. Si la crisis/estafa afectaba a las mayorías, era necesario apelar a las mayorías de manera que te escucharán y te entendieran. No bastaba tener razón y acertar en el diagnóstico. No bastaba decirle a la gente que sus males eran de derechas y su indignación de izquierdas. El neoliberalismo se había convertido en un “sentido común”, en un deseo, y para combatirlo era importante asumir que había peleas que se habían perdido. La idea del “voto útil” era la gangrena de ese pensamiento podrido que no dejaba ni pensar ni hacer. Pero de nada servía seguir anclados en la nostalgia. Había que cambiar el camino para llegar a la meta de una sociedad más libre y más justa. Hacía falta una estrategia de cambio y se buscó para alcanzarla una táctica adecuada a esa meta.

El objetivo estratégico pasaba por reinventar el espacio antaño representado por la izquierda, que se había convertido en apenas un aire de familia cada vez más difícil de interpretar. De izquierdas eran Olof Palme y el Mariscal Tito, Felipe González y el padre Ellacuría, Pol Pot y Bujarin, Tony Blair y Ken Loach, Evo Morales, Hugo Chávez, Bernie Sanders y Strauss-Kahn. Un espacio finalmente malbaratado por un socialismo que podía hacer los mismos ajustes que la derecha, por un comunismo que no se liberaba de los fardos de la historia y por un anarquismo que se había resignado a ser testimonial. El espacio de la izquierda, que tomó el nombre de los diputados de la Asamblea francesa que se sentaron a la izquierda del Rey en 1789 -y que no le reconocían ningún privilegio-, se fue construyendo como respuesta a las promesas incumplidas de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad. Preguntas que aún están esperando ser respondidas, en especial la idea de fraternidad, pero que exigen en el siglo XXI otros intentos de solución.

La reinvención de ese espacio no podía pasar por sumar a todos los partidos que se reclamaban herederos de la izquierda (no entendían lo nuevo, existían precisamente insistiendo en las pequeñas diferencias y hacían de la identidad del partido una suerte de filiación religiosa). Había que entender igualmente que había más gente comprometida con las transformaciones que conciencias dispuestas a asumir las etiquetas clásicas. La táctica, por tanto, debía adecuarse a las transformaciones.

¿Quién iba a ser el nuevo sujeto del cambio? Podemos nacía de la certeza de que la clase obrera existe pero ya no se deja representar de manera simplista. El 15M juntó a clases medias proletarizadas, a sectores populares, a precarios y a parados de larga duración, a jóvenes emigrados, a damnificados del último ERE, a adolescentes enfadados con una clase política en la que no se veían representados, a yayoflautas convencidos de que les estaban robando todo lo construido en tres décadas Todos comprometidos por el igual con el cambio. Las tesis marxistas que otorgan a la clase obrera un significado esencialista, como si bastará ser obrero para tener conciencia revolucionaria y marcar la senda de la historia, ya no tiene fuerza explicativa. Otras realidades han nacido con mucha fuerza -el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, la defensa de la democracia directa, la lucha contra el capitalismo financiero, el precariado, la economía colaborativa, un nuevo internacionalismo apegado a la nación, el desarrollo tecnológico como herramienta esencial de la superación del capitalismo, la defensa de un individualismo comprometido socialmente o la asunción de las migraciones como una realidad nueva que no puede soslayarse-.

Un mundo diferente necesita hipótesis diferentes. Con las armas melladas de la vieja teoría no se podía salir del resistencialismo en el que se había instalado la izquierda tradicional, cada vez más acosada y debilitada e incapaz de encontrar soluciones. En España, el marco para cambiar las cosas lo había brindado el 15M impugnando la democracia representativa -que no nos representa- y la economía neoliberal -que nos convierte en mercancías-.

La enseñanza del 15M y la hipótesis populista

¿Qué había que hacer con el 15M? ¿Representarlo? ¿reconducirlo? ¿Dejarlo como estaba? Seguir en el movimiento tal cual se rechazó desde el momento en el que se decidió fundar Podemos. Lo honesto era decir -como así ocurrió- “Podemos no es el 15M”. Se venía del 15M pero no se era ni se es el 15M. Aclarado esto, surgían nuevas dudas. Si simplemente se representaba el movimiento, se ignoraba que una parte del 15M no tenía problemas de fondo con el sistema, sino simplemente con los “excesos del sistema”. Y era muy probable que, de no hacer que emergiera la raíz de los problemas, surgiera una respuesta desde la derecha que, reclamando solventar los “excesos”, lo que lograría sería desactivar la capacidad transformadora del movimiento. Es lo que explica el auge de la extrema derecha europea ante una izquierda a la defensiva y ocupada en defender la corrección política. Es lo que explica el nacimiento de Ciudadanos en España.

La solución pasaba, pues, por reconducir el enfado. Esa reconducción tenía dos momentos. Uno destituyente, que atacaba a los responsables del empobrecimiento y señalaba la crisis del régimen del 78 (el construido sobre la Constitución de 1978), y otro constituyente, que señalaba la necesidad de un nuevo marco político y constitucional con un programa acorde con el siglo XXI. En la fase destituyente es donde aparece con fuerza la virtud de la “hipótesis populista”: la construcción de un “ellos” -la casta- y un “nosotros” -un pueblo en construcción- situado al otro lado de la línea, unido a los demás por las demandas insatisfechas diluidas hasta ser simplemente un malestar difuso, un “nosotros” enfadado, con ganas de encontrar un culpable, dispuesto a simplificar las cosas para facilitar que se moviera ficha. “Mover ficha”. Así se llamaba el manifiesto con el que arrancó Podemos.

Un problema no pequeño está en mantener esa hipótesis en la fase constituyente. El desperdicio de la experiencia termina por aflorar como un error que debilita el cambio. Para que las luchas tengan más recorrido, es más útil traducir tus demandas para que los demás te entiendan, antes que rebajar tu lucha para que se sume, una vez descafeinada, a otras. Construir la política pretendiendo que los discursos pueden inventarse la realidad de una manera cuasi absoluta es tan desafortunado como quienes niegan la capacidad del lenguaje de inventar la realidad. El cartel “Cuidado con el perro” claro que funciona, pero no siempre, no durante mucho tiempo ni en todas las ocasiones. Basar la política en teorías desancladas de lo real, vacía los contextos, construye sectas de creyentes que no rezan otra cosa que sus mandamientos y termina armando ejércitos de soldados que ya no ven ni sienten sino que evalúan si has “entendido” o no sus presupuestos teóricos y si, por tanto, eres “de los nuestros”. Y se desperdician todas las luchas que anticiparon nuestra rabia. La alternativa está en beber de una realidad alumbrada por la teoría o de una teoría desanclada de la realidad. La segunda es un frío ejercicio académico al que le termina molestando la gente, esa que suda, no ha leído a Zizek, es real, contradictoria, ordinaria y extraordinaria. Al final, Boaventura de Sousa Santos vence a Laclau. Porque Santos se mancha los manos con los movimientos (es fundador del Foro Social Mundial) mientras Laclau escribía a 7000 kilómetros de lo que explicaba. No es extraño que a los grandes grupos mediáticos les guste más el heideggeriano Laclau, precisamente porque al tiempo que llena el ruido de trazas de avellana y pompa, quiere convertir el cambio social en un discurso y, con bastante probabilidad, lo desactiva. Nada nuevo con cierta interpretación lacaniana que corre el riesgo de radicalizar el enunciado y abandonar lo material. Lo escribió José María Valverde hace décadas hablando de Martin Heideger: “Cascando las palabras como nueces/ construye don Martín perogrulleces”.

La maquinaria de guerra electoral ¿y después?

En la hipótesis populista todo se zanjaba en una acción relámpago (la Blitzkrieg que se justificaba por las urgencias de un ciclo electoral continuado). Pero la hipótesis populista empezó a hacer agua en tres frentes. Primero en las elecciones andaluzas, donde Ciudadanos empezó a pisar los talones a Podemos con su promesa perezosa y cobarde de mantener la delegación de la política, justificado con su apelación telegénica y sin complejos a una cosa y la contraria. En segundo lugar, en las generales, porque faltaron 300.000 votos para superar al PSOE y porque el PP volvió a ser la fuerza más votada. También porque IU aguantó con casi un millón de votos, lo que demostraba que la transversalidad primaba una dirección y abandonaba otro flanco. Cuando falla la acción relámpago toca replantear la estrategia. Has hecho un excelente primer tiempo. Pero has salido a ganar el partido, no a empatarlo. Y esa es la situación en la que estamos ahora: de empate. Por eso Podemos tiene que regresar a lo que se planteó al comienzo: lograr la unidad popular. Sin miedos. Y no es menor un reproche a esa transversalidad descafeinada: ¿de dónde se van a nutrir ideológicamente las nuevas generaciones que se formen en este discurso hueco de la transversalidad light?

La segunda vuelta se convierte en el escenario perfecto. Buscar la transversalidad es correcto. Pero un cura no puede dejar de creer en dios porque sus feligreses tengan una crisis de fe. La desideologización de la hipótesis populista se invalidó de hecho en las andaluzas, y por eso Podemos regresó a un discurso más cargado que pasaba por no regalarle el gobierno al PSOE de Susana Díaz (quien terminaría gobernando con Ciudadanos). La hipótesis populista perdía fuelle, aunque eso no invalida la búsqueda de la transversalidad que debe buscar una fuerza política transformadora en tiempos de hegemonía neoliberal. Es indudable que no hay cambio posible sin ayudar a que la gente vaya más allá de lo que actualmente piensa. Pero la hipótesis populista solo quiere marcos ganadores. Un error de esta hipótesis (que, recordemos, nace en el caso de Laclau como una impugnación del marxismo mecanicista) es que sólo deja fuera marcos ganadores relacionados con los conflictos dentro del mundo del trabajo. De hecho, mientras se han oído voces dentro de Podemos cuestionando los riesgos del “obrerismo”, no se ha dudado en defender la plurinacionalidad de España (en modo alguno un marco ganador en el conjunto del Estado). En la defensa de la plurinacionalidad, Podemos ha ayudado a la gente a ir más allá de lo que pensaba. Y eso va en contra de lo hipótesis populista. Pero es lo correcto, tanto en términos de honradez política como de resultados. Podemos es la primera fuerza política en Euskadi o en Cataluña. Se trata, pues, de hacer lo mismo en otros asuntos que afectan a las mayorías.

Podemos nació del impulso del 15M donde al tiempo que se respiraba el “aire de familia” de la izquierda se asumía, como hemos dicho, que el eje “derecha-izquierda” se había convertido en algo con tantos significados que ya no se entendía. La izquierda había dejado de explicar y de explicarse. Por eso nació reclamando la unidad de la gente, no la unidad de las izquierdas. En el discurso de la emancipación en el siglo XXI aprendemos más de un liberal como Thomas Paine que de un marxista como Stalin, defendemos la lucha de los trabajadores sin tener por ello que defender a la URSS, nos vemos más reflejados en Allende o Pepe Mujica que en Honecker o Felipe González. Pero tampoco olvidamos que lo mejor que tiene Europa -la educación y la sanidad universales, el derecho al voto, la igualdad de las mujeres, el respeto a los derechos humanos, los derechos laborales- son una construcción de la izquierda durante el siglo XX.

¿Por qué ahora la confluencia?

Si vas un paso por delante de las masas, vas iluminando. Si vas cien pasos por delante, es bastante probable que te hayas perdido. Desde las calles se empezó a imaginar un marco teórico que no permitía negar respuestas que parecen intuitivas. ¿Cómo es posible no reaccionar al hecho de que con el 30% de los votos Rajoy haya podido desmantelar la democracia con mayoría absoluta? Las calles empezaron a expresarlo con claridad: no poner freno a eso es de idiotas. No hay siglas ni puestos en las listas ni mochilas ni hipótesis que puedan frenar ese clamor. Porque, además, Europa está mirando. Podemos, es cierto, ha roto el bipartidismo. Ahora se trata de ampliar la base para comenzar algo nuevo. Se necesita algo que se parezca a un frente amplio claramente referenciado por Podemos, pero que no es ni mucho menos solamente Podemos. Y ese es el desafío que tienen que traducir en una realidad que ilusione Pablo Iglesias, Alberto Garzón y todos los demás. Decir ahora si se trata de un mero encuentro instrumental o de algo que puede generar un acercamiento es adelantar resultados. Cuando compartes la cocina y el comedor, igual terminas viendo que tienes muchas cosas en común. El PSOE unificó en su día a los múltiples partidos socialistas. El PP hizo otro tanto con los partidos de derecha. No vamos a reinventar la democracia si no construimos un partido diferente en una España diferente para una Europa diferente.

Como dice el refrán, a la fuerza ahorcan. Antes de las elecciones del 20- D Alberto Garzón no había dado algunos pasos que posteriormente decidió caminar. Por otro lado, la Blitzkrieg se mostraba como una quimera después de haberse contrastado con la práctica. Nunca puedes ponerte de lado mucho tiempo, tal y como manda la vulgata de la hipótesis populista. Tocaba discutir con lo existente buscando una traducción entre los que se oponen al estado de cosas que permitiera reinventar el lugar antaño llamado izquierda. No es reinventar la izquierda clásica, sino una nueva forma política que hace política de otra forma y que viene a ocupar el lugar de la antigua izquierda. Porque esa antigua izquierda ya no vale.

En la posibilidad de salir de las políticas de austeridad, se juntan al final tres hambres y un hambreador: el hambre del pueblo de salir del bipartidismo y de las política que condenan al paro, a la precariedad, a la emigración, a los desahucios, al copago, a la feminización de la pobreza. El hambre de IU de salir de su condena al 5% de los votos y a la inutilidad política por culpa del sistema electoral; y la de Podemos de romper sus propias costuras y seguir construyendo un espacio que vaya más allá de su condición de nave nodriza. Asumir su obligación de abrir caminos para todos los que quieren hacer las cosas de manera diferente. El hambreador bipartidista, ese que lee el Marca o es un joven viejo, se referencia, agotado, solo en una España que muere y que bosteza. Aunque empecemos a oír voces desesperadas que quieran sumar lo viejo en una gran coalición de reliquias.

La democracia es ahora

Nadie tiene derecho en democracia a permitir que las minorías gobiernen en contra de las mayorías. La posibilidad de que la invitación a la resignación bipartidista se rompiera es lo que ha generado una emoción popular que no podían desoír ni IU ni Podemos ni las demás confluencias, a riesgo de invitar a gritos a la abstención. Algo nuevo ha sucedido en la política española: la presión popular sobre Podemos e IU ha forzado un encuentro que estaba muy lejos hace cinco meses. Una ciudadanía consciente exigiendo a los partidos cómo deben comportarse. Y partidos escuchando esa exigencia. Esa fuerza es precisamente la que asusta al PSOE y al PP y a su muleta naranja. Ya no se trata solamente de una formación electoral, sino de un impulso popular con traducción en la posibilidad más evidente de gobierno de cambio real que ha tenido la España reciente. La negativa del PSOE a romper la maldición electoral y conseguir que el Senado se parezca a España construyendo listas conjuntas con Podemos y demás partidos del cambio, está a la altura del vídeo de Felipe González adulando a un broker iraní con sus activos en paraísos fiscales o del matrimonio de connivencia de Sánchez con Rivera. En la confluencia faltan todavía muchos socialistas honestos. No quedan muchas excusas. El 26 de junio España, y con ella Europa, puede caminar de nuevo erguida.

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Pacto del Prado: nada nuevo bajo el sol

john snow

Compromís hace una oferta de última hora al PSOE para que quede claro que se está haciendo lo imposible en aras de alcanzar un gobierno de izquierda “a la valenciana”. 30 propuestas de mínimos y un gobierno de izquierda. Es una propuesta tomada in extremis, a la que le ha faltado un poco de discusión interna. Pero como se juega contra reloj, le piden a Baldoví que le presente esa posibilidad al Rey en su visita. Dicho y hecho. Y como ya casi no hay noticias, suenan las trompetas. Los partidos salen en tromba a contestar, no vaya a ser que este último movimiento les coloque en un lugar ingrato de cara a las presumibles elecciones.

Podemos acepta el reto y se pronuncia sin mucho problema: están de acuerdo en un programa de mínimos que se cumpla y sirva para formar gobierno. Parece que la cosa es más complicada de lo que es. Pero no. Por eso, Podemos insiste en que está a favor de un gobierno a la valenciana. En la línea de lo que viene manteniendo.

Pero el PSOE de Sánchez no tiene mucha libertad. Insiste en que sólo acepta mantener su acuerdo con Ciudadanos y oferta de nuevo una variante de “gran coalición”, esto es, un gobierno presidido por Sánchez integrado por tecnócratas y donde no esté Podemos. Con una moción de confianza a fin de plazo. Vamos, en el fondo igual que lo de Monti en Italia o lo de Papademos en Grecia. Goldman Sachs gobernando donde los partidos desaparezcan. Pedro Sánchez, desesperado porque nota la guadaña de su partido en su garganta, intenta salvarse como sea y se aferra a lo que pueda. Si hay nuevas elecciones, a ver cómo explica a sus votantes que se haya echado en brazos de Ciudadanos. Y un mal resultado, como parece que va a ser el caso, implicará su salida de la Secretaría General después de las elecciones. De perdidos al río, piensa Sánchez, y por eso insiste en mantener el acuerdo con Rivera. Nada nuevo, salvo el envoltorio de que los partidos desaparezcan y sean sustituidos por tecnócratas. Una vuelta de tuerca más en la decadencia de la democracia.

Si nos fijamos, todo sigue en donde estaba. Compromís queriendo no ir a las elecciones (que salen caras y pueden generar terremotos en el gobierno en Valencia). El “PSOE de Sánchez” buscando a la desesperada un gobierno que no sea vetado por “el PSOE no de Sánchez”, que es mayoría en el partido. Y por eso lee como le da la gana la propuesta de Compromís y la convierte en algo bien diferente. En vez de un gobierno de la izquierda, un gobierno de gran coalición con tecnócratas que contente a los que no quieren que nada cambie. Podemos insiste en decirle a Sánchez que haga un gobierno con la izquierda. Y Ciudadanos, queriendo limpiarse la “mancha” de haber pactado con el PSOE y que le quitará votos en caso de nuevas elecciones, pretende hacerse el digno diciendo que no está de acuerdo. Además, así nos distraemos de las informaciones que señalan al partido naranja como implicado en financiación ilegal o tocado por los papeles de Panamá.

En fin, se trata de un pequeño enredo de última hora que no sirve para gran cosa, salvo para distraernos. El PP sigue callado. Las torpezas del PSOE le vienen bien. Sigue abierta la posibilidad de que alguien tire de las orejas a los partidos del 78 (y a su nueva muleta naranja) y la gran coalición se sustancie. No es fácil, porque pasaría por la decapitación de Rajoy, y Rajoy no es solamente él, sino su grupo, enfrentado a muerte con el sector de los Sorayos. Estas cosas dejan su impronta. El plan de una gran coalición existe, pero no siempre es fácil convertir los planes en algo real. Todo parece apuntar a nuevas elecciones. Pero hasta el último minuto, cada quien va a pretender ejecutar su plan. Y los de los poderosos no se deben ignorar, pese a que parezcan difíciles. Tampoco los de los pequeños, aunque tenga contornos improvisados, como la propuesta de Compromís (que insiste en que un referéndum en Cataluña no es relevante, para que el PSOE pudiera escenificar el juego).

Comienza la nueva temporada de Juego de Tronos. Sabemos que muchos morirán y que alguno intentará resucitar. La legislatura de Rajoy deja una “boda roja” donde han caído personajes principales. Incluido Aznar, Rato y vaya usted a saber si no también Soraya Sáenz de Santamaría (caso Acuamed) o el propio Rajoy (arropado con una hilera interminable que va de Bárcenas a Rita Barberá). Pero todo son conjeturas. Que la realidad tiene más trampas que las películas. Y, sobre todo, el guión lo podemos escribir nosotros.

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