Rafael Hernando sabe mucho de payasos (Entrevista en mañanas de Cuatro)

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Siempre que hay que dar entrada a los Reyes hay que exagerar el teatro. ¿Quién puede creerse lo de la sangre azul en el siglo XXI? Rafael Hernando ha llamado “payasos” a los diputados de Unidos Podemos. Hay que hacerle caso porque él sabe mucho de teatros. Y de circos. Aunque sobre todo de payasos. Por eso, Rita Barberá espiaba detrás de una cortina para ver cuándo hacía su entrada en un besamanos con aire de Sissi Emperatriz. Las hijas de los Reyes lloraban de miedo al ver que se acercaba la bruja de la casa de chocolate. Celia Villalobos justificaba que Senadores del PP se sentaran en el arranque de la legislatura en los escaños de Podemos. Ordenar el congreso es una variante del candy crash. Dice que los de Iglesias van en “manadas”. En el PP no hay manadas, hay familias. Pero se llaman “famiglia”. Cuando pelean lo hacen por las acequias, los cursos de agua y las lindes del terreno. Disputan, siempre, los dineros. Nada personal. Ahí está Fernández Díaz, Presidente de Comisión porque es del Opus y de una famiglia del PP. Vaya papelón que está haciendo Antonio Hernando. Shakespeare va a resucir a hacerle una obra. El rey, que es más personaje de Oscar Wilde, dice que la plegada del PSOE al PP de la Gürtel ha solventado el problema de gobernabilidad. Queda invitado a la facultad de políticas: ha solventado el gobierno, no la gobernabilidad. Son conceptos bien diferentes. La gobernabilidad sigue en cuestión porque, por ejemplo, mueren más personas en España por pobreza energética que por accidentes de tráfico. Y los ricos siguen enriqueciéndose y los pobres son cada vez más pobres. Los demás somos payasos. Quizá. Pero no hay nada más terrible que un payaso enfadado porque la bailarina se cae todos los días del trapecio y se hace mucho daño. Y, además, se alumbra con velas.

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Cuando apostaste por Clinton, elegiste a Trump (o socialismo y barbarie)

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Y, claro, salió Trump.
No es que lo hubieran contado los posos del café leídos al anochecer. Bastaba mirar con la cabeza fría el abandono que sufren millones de norteamericanos a los que les prometen diariamente una dieta de sueño americano y apenas llegan a meterse en la boca la sensación de ser uno más de esos loser de las peores series. Una vez que sacaron a Sanders del juego -con trampas y desde dentro de las filas demócratas-, todas las papeletas apuntaban a Trump. Los trucos parlamentarios se están agotando en muchos sitios. Los perdedores se cansan de que les vean todos los días la cara de pendejos.
Entre una amiga de los banqueros y un rico, la gente escogerá al rico. Porque saben que es el jefe. Aún más si es hombre. Porque la estructura laboral, los anuncios, los cuidados, el ejército, los salarios y la violencia recuerdan a cada paso que los que mandan son los hombre. Y los ricos. Lo que pasa en nuestras sociedades es estructural. ¿O crees que si le das a la gente de desayunar miedo y Gran Hermano, Sálvame y Hormiguero va a recitarte por la noche a César Vallejo y a reflexionar como Aristóteles? Y si no emprendes es que eres un perdedor de mierda.
No se puede seguir haciendo trampas, reforzando el modelo neoliberal y esperar que la ciudadanía golpeada crea que los de siempre les van a solventar algún problema. El negro Obama tenía el alma laboral blanca. Y Hillary Clinton es, además de una mentirosa y una tramposa, una burócrata de Washington y una lobista de Wall Street. Las mejoras con Obama, han sido mínimas. Los ricos son infinitamente más ricos y los pobres son más y más pobres. No es tan extraño entender que, al final, la gente golpeada tendrá la tentación de preferir engañarse y apostarlo todo a una identidad convertida en el único plato que te vas a comer ese día. Y si encima les ayudas a identificar un enemigo al que le eches la culpa de lo mal que te va en la vida, miel sobre hojuelas. Y los Trump felices porque mientras hablan de los excesos del sistema para parecer tus amigos, tú nunca vas a echar la culpa al sistema sino a tu vecino de infortunios. Como decía Rábago: ¡Los inmigrantes te quieren quitar tu trabajo de esclavo!
Se puso a la ciudadanía norteamericana, una sociedad saturada audiovisualmente, delante de un dilema difícil de digerir: elegir a alguien que va a mandar todo a la mierda (y ya saldrá el sol por donde quiera), o más de lo mismo. Y, como en los años treinta, en una situación de desempleo, de precariedad laboral, de impunidad política, de violencia estructural y guerra, de miedo y amenaza, los fantoches de la extrema derecha emergen. La única posibilidad de frenarlos es con consciencia. El 1º de mayo de 1933, la izquierda tenía 14 millones de votos y Hitler 11. Pero los sindicatos decidieron marchar ese día del trabajo junto a los camisas pardas, a ver si así los frenaban. Frenar la consciencia es lo más terrible que sucede todos los días.  Decía Hillary Clinton que el socialismo de Sanders era un terrible peligro. Pues ahí tienes. Lo dijo la Luxemburgo y me lo recuerda Jaume: socialismo o barbarie.
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Lo que se juega Podemos en Madrid

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Empieza uno de los espectáculos esenciales de estos últimos años. Una función donde decidimos cómo continuar el viaje de Podemos. Te va a tocar ser al tiempo actriz y regidor, libretista y tramoyista, electricista y acomodador, espectador y elenco. Se abre el telón: abre, por favor, bien los ojos. ¡No te distraigas! La función va a comenzar.

Primer acto: un horizonte que necesitaba tres años

Cuando se empezó a pensar Podemos en 2013, uno de los elementos esenciales era la necesidad de reinventar el espacio antaño llamado izquierda. No reconstruir la izquierda, no sustituir a la izquierda, sino reinventar el espacio de la emancipación para construir una fuerza que mirara más al futuro que al pasado. El espacio de la izquierda estaba difuminado por su pérdida de significado –de izquierdas era Chávez, Felipe González, Olof Palme, los jemeres rojos, Pippi Calzaslargas y Cayo Lara. También buena parte de nosotros-. Y, sobre todo, estaba copado electoralmente por el PSOE. Era imposible hacer política parlamentaria en España sin confrontar con el PSOE y con el PP. Con los dos. Y quien primero tenía que rendir sus castillos era el más mentiroso, el que más falsificaba la distancia entre sus palabras y sus hechos. Con el PSOE de la gestora, con la entrega del gobierno a Mariano Rajoy, con el espectáculo interno donde se habla de todo menos de ideología, puede hablarse definitivamente un fin de ciclo del PSOE.

Una vez desvelado el maquillaje de la Mediocre Coalición y su correspondiente rendición de Breda la semana pasada –que sigue los pasos de lo que hicieron sus homólogos en Alemania-, la existencia de Podemos se convierte en el principal problema del régimen. Siempre y cuando Podemos siga impugnando el bipartidismo y la lógica compartida que acarrean, más afín a la troika que al interés de las mayorías. La campaña de Podemos en Madrid, ensuciada por manos ajenas al partido morado, ha dejado a las claras que la suerte del sistema bipartista nacido de la Constitución de 1978 está en el tejado de Podemos. Una vez que se ha investido al gobierno del ya hábil tecleador de sms hacia establecimientos penitenciarios, los Cebrián, Cifuentes y la gestora del PSOE han decidido que hay un Podemos más incómodo y otro más cómodo. Decidieron, por esa razón, meterse en las primarias de Podemos. No se trataba de fiscalizar a los políticos ni de un escrutinio normal obligatorio con las caras conocidas de Podemos. Ha sido una cacería que, por el momento escogido, sólo buscaba influir en el resultado de las primarias.

Hace tres años pensamos un escenario donde uno de los principales problemas consistía en que los españoles vieran que era imposible contar con el PSOE para evitar que nuestra democracia se vaciara. No se podía soplar y sorber la sopa al tiempo. El primer gran desenmascaramiento lo había hecho el 15M, con aquél terrible “PSOE-PP, la misma mierda es”, que era justo con la dirigencia pero no con las bases. Muchos sabíamos que la dirigencia del PSOE en demasiados sitios no era muy diferente a la del PP. Sin embargo, ni los militantes ni los votantes eran iguales. La Transición tenía algo que ver. España es un país en donde, a diferencia del resto de Europa, no hay extrema derecha parlamentaria: porque está en el PP. Esta condición posfranquista –a veces directamente franquista- del PP, hace del PSOE, a los ojos del corazón de muchos socialistas, un partido bolchevique. Pese a la reconversión industrial, la política antisindical, la OTAN, Maastricht, la tercera vía, la corrupción, el olvido de la memoria, la reforma laboral, los desahucios express, la privatización de la sanidad, el plan Bolonia, las huelgas generales, la reforma del 135 o el TTIP. La imputación de Fernández Villa, el referente moral del PSOE asturiano, por haberse quedado con las dietas de compañeros y con el dinero de los jubilados de la minería, o el papel de Felipe González como lobista de brokers iraníes, sienta el “no hay más palabras señoría” del PSOE. Después del voto socialista al gobierno de Rajoy, la jefatura de la oposición la tiene que cubrir Pablo Iglesias. Y eso convierte a Pablo Iglesias en el objetivo a batir.

Segundo acto o planteamiento: Una maquinaria de guerra electoral que no cuidó a su organización

Desde Vistalegre, Podemos optó por primar la lógica vertical, la presencia mediática, la toma de decisiones jerárquica. Hubo cosas buenas –ni más ni menos que cinco millones de votos sin deber dinero a los bancos- pero al alto precio de dejar a la organización hecha, en todo el estado, unos zorros. Los círculos, salvo en algunos lugares, no han estado a la altura de lo que se había pensado. Ese abandono de la organización le impidió a Podemos poner en marcha algunos debates que tuvieron lugar en espacios de dirección sin trasladarse a los inscritos. Las discrepancias se filtraban. Los medios hablaban de divisiones pero esas divergencias eran más parte de un rumor, de un off the record periodístico que de un debate abierto.

Pero claro que había diferencias. Principalmente sobre cuatro grandes aspectos. Es importante dejar claro que los desencuentros estaban sobre todo referidos al cómo –la táctica– más que al para qué –la estrategia-. Sin embargo, esta insistencia en una discusión sobre cómo hacer las cosas terminó por convertir la táctica en estrategia cuando el debate fue permeando hacia abajo. A fuerza de querer hacer las cosas de determinada manera terminas creyendo que esa es la manera correcta y la conviertes en tu objetivo. A fuerza de no querer dar miedo te conviertes en miedoso.

Una de las primera discusiones rondó sobre si había que leer a Ciudadanos como un partido nuevo que apostaba por la regeneración o como un invento de diseño del Ibex 35. En nombre de la táctica se decía: criticar a Ciudadanos quita votos porque es un partido simpático, fresco y joven, incluso para los mismos votantes de Podemos. Otros decíamos: es que si nadie critica a Ciudadanos, va a ocurrir como con el Rey Juan Carlos, que todo el mundo va a pensar que peleó contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Y durante meses, Rivera fue capaz de ocultar que llevaba diez años en la política, que siempre había votado con el PP en Cataluña y que llevaba de responsable económico a una ficha de la gran banca. Al final se vio que teníamos razón los que decíamos que Ciudadanos nació cuando Josep Orioll, Presidente del Sabadell, dijo que hacía falta un Podemos de derechas. Gracias a que se les desenmascaró, no han tenido el papel que les habían diseñado. Será que la edad otorga rayos equis en los ojos.

Discutimos también sobre cuál era la lectura adecuada del PSOE. Unos decían, incluso recientemente, que había que ser más flexibles con el partido socialista. No porque formara parte de un análisis ideológico, sino, una vez más, para no asustar. Incluso se había planteado que había que darle el gobierno en Andalucía a Susana Díaz para ganar “solvencia”. Otros decíamos: apoyar a Susana Díaz es cargarnos en nuestras espaldas la corrupción del gobierno andaluz y nos inhabilita para ir a las generales criticando al bipartidismo. Por otro lado, insistíamos en que Sánchez no podía ser la regeneración porque era un burócrata del partido al que buscaron Susana Díaz y Felipe González para frenar los pies a Eduardo Madina. Nunca iba a intentar un gobierno con Podemos, porque sabía que siquiera si lo acariciaba le darían un golpe interno y lo tumbarían. Sánchez sólo quería ganar tiempo y se acercaba a Podemos para intentar echarle la culpa en el probable caso de unas nuevas elecciones. Las declaraciones de Sánchez a Jordi Évole diciendo quién manda en ese partido eximen de muchas explicaciones más. En el PSOE mandaban los de siempre. Teníamos razón los que sabíamos que el PSOE nunca iba a ir en serio cuando planteaba un gobierno junto a Podemos. Había que intentar ese gobierno, y había que hacerlo con honradez y con garantías –la reclamación de puestos en el gobierno que tan mal se explicó-, pero sabiendo que Iglesias podía terminar con tantos agujeros como Emiliano Zapata en el patio de Chinameca cuando fue a negociar con el general Huerta en Morelos.

Una tercera discusión tenía que ver con la unidad de lo que la gente identificaba como “la izquierda”. Era evidente que esa unidad, que se zanjaba con una lista donde fuera Podemos junto a Izquierda Unida principalmente, era imposible con Cayo Lara, un hombre honesto pero que nunca entendió lo que significaba potencialmente el 15M. Pero cuando ocupó su lugar Alberto Garzón, lo difícil en la calle era explicar por qué no íbamos juntos. Y ese era el reclamo por excelencia que recibían todas las caras conocidas que tenían algo que ver con Podemos. Unos decían que esa unión quitaba votos. Otros decíamos que habíamos nacido para reconstruir el espacio avejentado de la izquierda y que eso es lo que nos reclamaba la gente. Algunos, los más jóvenes, tenían miedo de que los cuadros de IU copasen los espacios de poder en Podemos. Otros simplemente pensaban que no había nada que obtener de esa alianza que nos envejecía. Está claro que la razón estaba del lado de quienes apostaban por la unión, pues la pérdida de un millón de votos –entre otras cosas por la mala campaña electoral y la parlamentarización de Podemos- hubiera sido mucho mayor. Sin olvidar lo importante: conviene que uno sea fiel a lo que le puso en marcha.

La última discusión tuvo que ver con si dar o no dar el gobierno al acuerdo de Sánchez con Rivera. Era evidente que Podemos no había nacido para dar su consentimiento a un gobierno que iba a mantener el grueso de las políticas económicas del PP, encima enmascarado con una imagen más amable. ¡Pero cómo iba a permitir Podemos un gobierno cuyo programa económico lo dictaba el Ibex 35! Algunos plantearon en los órganos de dirección de Podemos que habría que considerar esta propuesta. He de reconocer que una de mis pesadillas en ese escenario donde Sánchez presidía un gobierno de Rivera permitido por Podemos, era el PP en la calle convocando una huelga general contra el gobierno, con Rafael Hernando y Fidalgo gritando al unísono: “Hacía falta ya/ una huelga, una huelga/ hacía falta ya una huelga general”. Después de las explicaciones de Sánchez a Évole, las personas de Podemos, algunas en campaña en las primarias de Madrid, no han vuelto a hablar del tema.

En todas estas discusiones Pablo Iglesias tuvo una opinión firme, que resultó la correcta. Y otros miembros de Podemos tuvieron otra. Y los principales medios, invariablemente, defendieron la conveniencia de que Podemos se inclinase por las posiciones contrarias a las que defendía Iglesias. En las más complicadas, se preguntó a la militancia. Y fue la militancia la que dijo que no al gobierno del PSOE y Ciudadanos. Aunque algunos sigan insistiendo y quieran olvidar esa decisión de las bases.

 

Tercer acto y nudo: primarias de Madrid o reintentar lo que había fracasado

En mitad de estas discusiones, lastradas porque no se había abierto un debate ideológico en profundidad, Pablo Iglesias alertó del peligro para la democracia española que suponía la injerencia política del consejero de Gas Natural Felipe González. González disparaba constantemente contra Podemos mentira tras mentira, y marcaba muy de cerca cada paso de Sánchez, en quien pesó más su condición de superviviente que la de militante socialista. Fue cuando Iglesias cometió el terrible delito, propio de un país con problemas de memoria, de mencionar que con dinero de los españoles se financió un grupo terrorista que asesinó a españoles sin autorización judicial. La corrupción más terrible que puede haber en un país. La cal viva en la que quisieron hacer desaparecer a Lasa y Zabala. Los medios aprovecharon para disparar contra Iglesias como si hubiera mencionado en mitad del siglo XV que la tierra giraba alrededor del sol. Impío.

Justo en ese momento, marzo de 2016, y aprovechando la tormenta, un grupo de miembros de Podemos de Madrid decidió dimitir en bloque queriendo forzar a su vez la dimisión del Secretario General de Madrid. El objetivo: colocar en la dirección de Madrid a una pesona afín. Habían nacido familias en Podemos y algunos mostraban con violencia su juego interesado de montar un partido dentro del partido. El método era muy feo, parecido a lo que le hicieron a Sánchez. Supuso el mayor golpe para Podemos desde su nacimiento, pues en ese momento, que seguía siendo electoral, la imagen de disensión interna debilitaba a Podemos como partido de gobierno. Fue un momento difícil, y las empresas de medios de comunicación se cebaron. Los dimisionarios, salvo alguna honrosa excepción, nunca dimitieron de todos los cargos. Eran dimisiones, otra vez, tácticas.

La crisis, llena de deslealtades, se zanjó con la destitución de Sergio Pascual como Secretario de Organización, y su sustitución por Pablo Echenique. Tuvo como escenario añadido la desaparición de Íñigo Errejón durante dos semanas (después de avisar que iba a dejar de respirar hasta que se le pasara el berrinche y recuperara el tirachinas). Estos dos escenarios, el de las dos almas de Podemos y el de la manera de entender a servicio de qué se pone la organización en Madrid, es la que se está discutiendo en las primarias de Podemos. No es extraño, por tanto, que los defensores de las mazmorras del bipartidismo hayan tomado partido.

Desenlace: qué significan las primarias de Madrid

En Madrid se discuten dos proyectos de Podemos. Uno es el que se alinea con las decisiones que han llevado a Podemos a ser el principal partido de la oposición, el que sigue los mismos argumentos que representó Pablo Iglesias en los debates de los dos últimos años, el que entiende que junto a la amabilidad de las formas, siempre deseable, está la firmeza a la hora de confrontar las políticas que han representado el PP y el PSOE. Un Podemos que emociona, que ha hecho vibrar a millones de españolas y españoles, que ha recuperado antiguos debates dándoles nuevos bríos y formas –feminismo, memoria, luchas laborales, juventud- y que ha puesto en la agenda nuevos debates donde se va a decidir el futuro de Madrid y de España –medioambiente, Unión Europea, robotización de la economía, migraciones, bienes comunes, animalismo-. Un Podemos al lado de las mareas, de las trabajadoras y trabajadores, de los pensionistas, de los usuarios del agua de Madrid y de los que reclaman más espacios verdes y deportivos, de los que acuestan a sus hijos a las seis para que no pasen frío porque no pueden encender la calefacción y de los que no entienden por qué después de la creación de nuevos hospitales en Madrid no aumenta el número de camas y hay 83.000 personas esperando ser operadas.

Un Podemos que se construye sin miedo frente a los poderosos porque confía en las bases y quiere devolver a los círculos el papel que nunca debieran haber perdido. El Podemos que representa Ramón Espinar como persona que inquieta al PP, al PSOE y a Ciudadanos. Por eso, y no por ninguna otra razón –es de una ingenuidad que insulta pretender que los ataques forman parte del normal trabajo periodístico- la avalancha de injustas críticas justo cuando empezaba el proceso de primarias. Apenas nos hemos enterado de que Ana Botella regaló pisos de todas y todos los madrileños a fondos buitre, pero los ataques a Espinar, sincronizados, han pretendido negarle el derecho a la palabra a un ciudadano. Hacía mucho tiempo que no se dedicaba a nada tantas horas de telediario y tertulias. Señal del miedo que ha generado la posible victoria de Espinar como Secretario General de Madrid. Y es ahí donde Podemos tiene que definirse como un partido/movimiento diferente: lograron votar en el PSOE, hay que dejar claro que no van a hacerlo en Podemos.

El otro Podemos, absolutamente necesario en el proyecto, ha representado en los debates internos de Podemos posiciones diferentes y también, en ocasiones, modos de hacer política nada novedosos. Y por eso es pertinente preguntarnos ¿tiene sentido regresar en Madrid lo que se demostró que era incorrecto en los debates anteriores? Estamos en un momento histórico en el que Pablo Iglesias tiene la responsabilidad de hacer valer su condición de única fuerza política de oposición. ¿Es momento de debilitar esta tarea? En este momento histórico, es necesario que la organización de Madrid esté en sintonía con esa tarea para la que nació Podemos. El hecho de que en la lista que encabeza Rita Maestre vayan seis de las personas que dimitieron en Madrid buscando forzar un cambio ajeno a los estatutos de Podemos para hacerse con la Secretaría General, creo que deja muy claro que es una lista que no tendría las mismas lecturas que las que representa el equipo que encabeza Ramón Espinar. La coherencia tiene que ser un valor esencial en un partido que quiere reinventar la política en el siglo XXI.

En la misma dirección, hay que recordar que se puede hacer política desde muchos lugares distintos. En la lista de Rita Maestre hay personas que vienen de otros partidos, donde disputaron puestos de dirección también en Madrid. Cuando esas personas se incorporaron a Podemos, la discusión interna fue tenaz, porque había sectores internos que pugnaban por cerrarles el paso. Curiosamente los mismos con los que ahora se han alineado. Como esta lógica no puede ser estratégica (ideológica), tiene que ser táctica. Una vez más la táctica. Podemos debe ser capaz de incorporar a gentes que han estado en otras formaciones. Pero habría que pedirles a esas personas generosidad y recordarles que hay otros lugares en un partido fuera de las posiciones de dirección o de los cargos públicos. Se puede participar en política desde la base y no se caen los anillos.

Creo que Podemos ha pasado la primera fase de Podemos. Ahora toca hacer tarea de oposición y construir propuestas, en el Parlamento con los diputados y con la ciudadanía en las calles, en los lugares de trabajo, en las universidades y los colegios, en los mercados y los polígonos, con ideas y actos. Se trata de sacar de los gobiernos municipales, autonómicos y del gobierno de España al PP. Convenciendo a la gente para que deje de delegar la política. Para esa tarea, encabezada por Pablo Iglesias, es esencial que Madrid entienda esta nueva fase y sea parte de la vanguardia. Ese Madrid que tantas veces ha asombrado al mundo. La candidatura que encabeza Ramón Espinar, Juntas Podemos, no es solamente la que va a permitir seguir adelante el proyecto de Podemos, sino que va a impulsarlo a ese espacio de democracia real que imaginamos hace tres años cuando nos pusimos en marcha. Por eso, es momento de volver a poner tu granito de arena, de entrar en https://participa.podemos.info y votar por Juntas Podemos. Para que estés segura, para que estés seguro, de que este proyecto que te emocionó sigue adelante sólo porque tú, y nadie fuera de Podemos, así lo ha decidido. Para que seamos los responsables, los únicos responsables, de nuestra propia obra.

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Las lágrimas de Boabdil al perder Granada

 

MADRID 29/10/2016 POLITICA Pedro Sanchez durante su comunicado de prensa tras hacer entrega de su acta como Diputado en el registro del Congreso de los Diputados este medidodia .imagen DAVID CASTRO

Si hoy presto oídos
escucho una música que viene de muy lejos,
del pasado también,
de cuanto ha muerto,
de horas y signos distintos de los de hoy,
y de otras vidas.

Quizás la nuestra
-y nosotros mismos, no somos otra cosa que ella-
no sea más que música
porque todos fuimos alguna vez mejores,
o más felices y más dignos:
no obstante, toda música cesa…
…hasta en nuestro recuerdo…
toda música cesa…

Boabdil (último rey de Granada 1460-1527)

Nadie bien nacido deja de emocionarse cuando ve a alguien romperse. Hemos llegado hasta aquí no siendo indiferentes al llanto de un niño y al dolor de nuestros congéneres. Y cuando perdamos eso nos habremos perdido como especie. Pero la emoción que embarga a quien sufre porque ha perdido algo que le era caro –sea un yo-yo, un reino, una secretaría general o un escaño- no debiera hacernos perder la perspectiva. La emoción es esencial como entrada al razonamiento, pero luego hay que enfriar el sentimiento, aunque sea para regresar a él. La solidaridad con el que sufre no significa apoyar las razones de ese sufrimiento. La pasión debe ir siempre, como nos recordó Hirschman, acompañada del análisis de los intereses. A veces uno se rompe porque se ha dado cuenta demasiado tarde de que le ha faltado valor.

A Pedro Sánchez se le ha quebrado la voz anunciando que deja su escaño de diputado. Es la penúltima quiebra de quien lleva demasiado tiempo haciendo vieja política y chocando contra la marcha de los tiempos. Digo la penúltima porque en el PSOE cuando ejecutan ejecutan de verdad. Y la gestora, me temo, aún no ha dicho la última palabra sobre Sánchez. Como un animal herido, el PSOE va teniendo maneras de mafioso. Y no perdonan. Y encima dicen “no es nada personal”. Quizá esa ha sido la razón de su voz cortada y rota.

El papel de Sánchez ha sido triste. Cuando pudo atreverse no lo hizo y dejó que los barones le dictaran el rumbo. Decidió echarse en brazos de Ciudadanos después de las elecciones de diciembre y entró en el juego de descalificar a Podemos para que los de Pablo Iglesias se abstuvieran. Ese discurso encontró eco en algunos sectores de la formación morada, pero la hipótesis de Iglesias resultó correcta: el PSOE nunca iba a permitir un gobierno con Podemos, y en cuando eso cobrara la menor posibilidad, vendría un golpe de estado interno que pondría las cosas en su sitio. Lo que ha pasado ahora hubiera pasado en enero o febrero. Sánchez se ha estado tentando la ropa todo este tiempo.

Sánchez fue aupado en el Congreso Extraordinario de 2014 por Susana Díaz y Felipe González para frenar a Eduardo Madina, quien significaba una posibilidad de cambio tanto en lo ideológico como en lo generacional. Sánchez, un burócrata del partido sin mochila –salvo haber colaborado en la redacción de la reforma del artículo 135 de la Constitución-, que siempre había trabajado para el PSOE y que era, como todos los cachorros de Pepiño Blanco, obediente. Hasta que se vio Secretario General y decidió tomar sus propias decisiones. Y empezó a disparar contra el artículo 135 con el que había colaborado y enfadó a Zapatero. Y se postuló para candidato a la Presidencia del Gobierno y enfadó a Susana Díaz. Y empezó a hablar con Podemos por un por si acaso y enfadó a Felipe González. Y ejecutó a Tomás Gómez y enfadó a la gerontocracia del Partido Socialista de Madrid. Como los doce del patíbulo, se dio a sí mismo una misión suicida que le podía merecer el indulto –ser Presidente del Gobierno- y en una buena finta convocó a las bases para burlar a la baronesada. Pero siempre le faltó coraje. Al final lo han ejecutado y no precisamente como un mártir. En política, incluso los corredores de fondo tienen que acertar con los tiempos y cuándo tienen que jugársela.

El epílogo no dejaba mucho espacio. Votar contra su Comité Federal era cerrar la puerta a que nadie nunca obedeciera las órdenes de los órganos. Mal asunto para quien quiere dirigir un partido. Plegarse y abstenerse haciendo a Rajoy Presidente le convertía a los ojos de cualquiera en un personaje trágico digno de un cuento de Borges sobre traidores y héroes. Toda la jugada le empujaba, en términos racionales, a la dimisión (aunque la desesperación dejaba todos los escenarios abiertos). La voz rota ha sido la constatación en directo de que ha perdido la batalla y, me temo, la guerra.

Anuncia Sánchez que va a recorrer el país de cara al próximo congreso del PSOE. Tiene detrás demasiada mochila. Ese anuncio sirve para maquillar un poco el duro golpe que le ha supuesto tener que marcharse, pero no vale para reconstruir el PSOE. Ese partido se ha roto, y no puede ponerse en marcha con parches. Ni con Borrell que trae el fardo de Abengoa y los consejos de administración, ni con Madina que va a hacer Presidente a Rajoy absteniéndose, ni con Sánchez, que ha hundido a su partido llevándole al peor resultado de su historia y a una falsa lucha interna que solo ha servido para deprimir a los militantes y votantes honrados de ese partido.

Al PSOE no le queda otra que romperse porque la socialdemocracia ligada a la Internacional Socialista ha cumplido su ciclo histórico. Tuvo su momento de gloria en los años cincuenta y sesenta con el SPD alemán y el Partido Laborista inglés, comenzó el declive con la quiebra de Bretton Woods en 1973, abrió las puertas a los barbaros con el Tratado de Maastricht, firmó su defunción con las terceras vías y se enterró a sí mismo entrando en el gobierno con Ángela Merkel, haciendo de Margaret Thatcher su referente, bombardeando Yugoslavia o Irak y entrando en nómina de Gazpron, Gas Natural, Murdoch o Carlos Slim.

En España, al igual que en Europa, hay que reconfigurar el sistema de partidos. Lo viejo no termina de marcharse y lo nuevo no termina de llegar: tiempo en donde proliferan los monstruos. La quiebra del bipartidismo ha venido de la mano de la quiebra de las salidas neoliberales. Ni la naturaleza, ni los países del sur ni las generaciones futuras pueden cargar con el ansia de beneficio que reclama el sistema a sus grandes corporaciones. Por eso ha regresado a Europa esa lucha de clases que significa que en España entren dos salarios en una familia y no lleguen a fin de mes. La lucha de clases que implican las palabras del jefe de la patronal, Rossell, afirmando que “el trabajo estable es una reliquia del siglo XIX”. El PSOE ha decidido –como en Italia, como en Alemania, como en Grecia- ponerse al lado de los que combatía hace treinta años. Y no puede hacer otra cosa porque es una de las dos patas del sistema. Hace dos años y medio afirmé que el PSOE tenía que elegir entre Podemos o el PP, y que si escogía al PP se rompería. La parte más relevante de ese partido ya ha decidido. Ahora falta no que nadie invente falsas reconstrucciones de un partido moribundo ideológicamente, sino que los socialistas de corazón encuentren un nuevo espacio y abran el debate con lo emergente. Y en la sede de Ferraz, colgará boca abajo el retrato de Pedro Sánchez como aviso para navegantes.

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En la Autónoma, los estudiantes defendían la Constitución

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En tiempos de tribulación no hacer mudanza. Conseja jesuítica muy al gusto de un país que hizo una policía -la Inquisición- que era al tiempo religiosa, ideológica y social. Muy eficaz. Su impronta la llevan marcada en las caras los rostros más duros – las caras más duras- del panorama político hispánico, aunque su comportamiento llega a todos los rincones. A las redacciones de periódicos que se ocultan detrás de la libertad de expresión para cercenarla. Y también a las cátedras universitarias, donde no pocos de los que dan lecciones a la sociedad nunca aplicaron sus recetas morales en su propia casa (pese a que, por ejemplo, han sido durante decenios directores de departamento o han tenido responsabilidades administrativas con capacidad de cambiar las cosas).
Han mandado algunos durante tanto tiempo que miran el mundo actual como una traición a su obra (cuando sería al revés: le correspondería a las nuevas generaciones pedirles cuentas por la herencia que dejan). Entonces, esos poderosos deciden no solamente no hacer mudanza, sino que levantan sobre piedra viejas convicciones no menos pétreas. Un lema que están aplicando en los medios, la política y la academia los que no terminan de entender que la Edad de Piedra no se acabó porque se acabaran las piedras.
Gente inteligente y sensata en sus quehaceres -la literatura, la filosofía, la historia, la politología- andan opinando en nuestros tiempos confusos y, al tiempo, ponen su ciencia al servicio de sentimientos asustados que producen la sensación, por tanto adjetivo y amenaza apocalíptica- de que están sobreactuando.
Acaba de publicar el profesor Álvarez Junco en El país (“Sobre la libertad”, 25/10/2016) una defensa de Stuart Mill, reduciéndole a lo que Isaiah Berlin llamaba “libertad negativa”, esto es, a defender que “Mientras nuestros actos no nos afecten más que a nosotros mismos, nadie tiene por qué imponernos ni prohibirnos nada”. Afirmación forzada que busca llegar por un camino recto a la condena de aquellos que niegan “la diversidad y el contraste de opiniones entre nosotros”. Esto es, a recordar aquello que decía Machado de que en España diez cabezas embisten y una piensa.
Sabe el profesor Álvarez Junco que la libertad negativa es la que no quiere que a nadie se le prohíba dormir debajo de un puente, al tiempo que se impida al Estado tomar medidas para que nadie tenga que dormir debajo de un puente (por ejemplo, con una política de vivienda social sostenida fiscalmente). Igual que vender un riñón o el hígado no es un acto de libertad individual sino una mercantilización social de la vida que nos compete a todos, el contrato social lo debiera discutir cada generación. Porque el enfado social siempre tiene explicaciones. Esa lectura de Stuart Mill hubiera convertido al profesor Junco en un defensor acérrimo de un proceso constituyente desde hace al menos una década, de la misma manera que le hubiera llevado a defender una política de memoria que asentara la democracia española sobre mimbres más fuertes que los actuales. Pero, aunque seguro que eso llegará, de momento ha ocupado su valioso tiempo en mandar al basurero de la historia a los estudiantes, como pasarela para advertir sobre los peligros que se ciernen sobre la democracia por culpa de Podemos. ¿Violencia?  Me temo que, en la Universidad, hay más historial de violencia entre los profesores que entre los estudiantes.
La condena a los y las jóvenes que no dejaron hablar a González y Cebrián en la Universidad Autónoma -los llama matones, agotando un sustantivo que difícilmente podrá usar cuando revise sus propios textos que tanto nos han enseñado sobre el anarquismo y el matonismo patronal-, es, en verdad, un paso previo a la condena a Podemos. Sobre todo esto: condenar a Podemos.
Por supuesto, no a Cebrían, quien en nombre de la propiedad privada echa a los periodistas que le recuerdan la vinculación de su nombre a los Papeles de Panamá. Tampoco a Felipe González, quien condenó al silencio la verdad sobre el caso más terrible de corrupción de nuestro país -los crímenes de estado durante la guerra sucia, que arrastró a la democracia al nivel de los terroristas-, o que le negó a cientos de miles de abuelos que pudieran hacer posible casi lo único que les mantenía en vida -enterrar a sus seres queridos asesinados por defender la II República y que se reconociera el abuso-. Hay silencios que matan.
Claro que hay violencia en que se impida que alguien pueda hablar en la Universidad -y fue un profundo error de los que impidieron ese acto- pero no hay menos violencia cuando cientos de miles de estudiantes no pueden sentarse en las aulas porque las tasas se lo impiden, no hay menos violencia cuando la subcontrata de los servicios limita el acceso al conocimiento de los sectores populares -la sección de fotocopias de la Facultad del profesor Álvarez Junco lleva meses en el aire y las trabajadoras sin cobrar-, no hay menos violencia cuando el coste de los transportes, los retrasos en la sanidad, los desahucios, las preferentes o el vaciamiento de bienes públicos como las Cajas, impiden que el artículo 14 de la Constitución sea algo más que mera retórica. Pero esa violencia no parece que le preocupe a ningún catedrático ni sirve para explicar el deterioro de la universidad pública citando a Stuart Mill-.
No se trata, querido Álvarez Junco, de ninguna reclamación en nombre del pueblo, de la nación, del proletariado ni de la raza (que es la que está en ascenso en Europa). Cuando se le reprocha a Felipe González que bajo su gobierno tuvieron lugar los GAL, o que todavía hoy, en 2016, pueda colaborar para tumbar a un Secretario General elegido por las bases cumpliendo el mandato constitucional que obliga a los partidos a tener un funcionamiento interno democrático; cuando se pasea como lobbista que graba vídeos pidiendo favores a brokers iraníes del petróleo que tienen el dinero en Panamá al tiempo que fue responsable de las privatizaciones de los servicios públicos que ganaron los españoles, lo que se le reprocha se hace en nombre de la Constitución. La misma que patea Cebrián cuando despide a periodistas por mencionar su nombre ligado a los papeles de Panamá, cuando hace EREs disciplinarios o cuando fuerza editoriales en su periódico que doblan el brazo a los periodistas del diario porque no pueden perder su trabajo.
Defender la Constitución lleva a errores muchas veces. Y hay que evitarlo. En España el Tribunal Constitucional pensó que eran constitucionales torturas en instituciones del estado, cerrar periódicos o leyes de punto final, de la misma manera que piensa que son inconstitucionales en Cataluña leyes que son constitucionales en otros lugares del estado o que declara fuera de la Constitución -por la mínima- decisiones votadas por varios parlamentos. También se equivocaron los estudiantes de la Autónoma no dejando hablar al consejero de gas natural González y al antiguo jefe de informativos de la Prensa del Movimiento Cebrián. Pero los estudiantes estaban defendiendo la Constitución. Equivocándose pero defendiendo la Constitución. No estaban reclamando la superioridad de la raza, ni la verdad proletaria, ni lo guay que es ser español, español, español, ni apelaban a un pueblo con derecho a hacer lo que les diera la gana (como hacían Aznar, Rita Barberá, Rato, Bárcenas o Granados o los de las tarjetas black y los que han robado los 40.000 millones de rescate a la banca). Protestaban en defensa del artículo 14 de la Constitución, que dice que todos los españoles somos iguales ante la ley. Que hay gente que vota cada cuatro años mientras que los Cebrián y los González votan todos los días. Y si algo se les tuerce, pueden incluso tumbar a un Secretario General y poner una gestora que le regale el gobierno a un partido corrupto. ¿Y los matones son los estudiantes? Estaban, aunque de una manera que habrá que entender, defendiendo la Constitución. Y eso es muy saludable.

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PSOE: un ciclo cerrado

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Entretenidos y expectantes nos querían, y entretenidos y expectantes hemos estado. Es verdad que unos más que otros. Las decisiones no se producen por el deseo de quien las espera. Las deciden los que son soberanos. No es que estuviera escrito en las estrellas –nada de lo humano se escribe tan lejos- pero casi. Las razones por las que el PSOE se entrega en brazos del PP son las mismas que explican el comportamiento racional de los grupos que buscan maximizar su utilidad material, sea una empresa multinacional, una ONG o la mafia: el interés personal y cortoplacista de quienes pueden tomar las decisiones. De ahí que no era conveniente que opinaran las bases. De ahí que hiciera tiempo que el resultado estaba cantado.

Algunos llevamos muchos meses diciendo con claridad que el PSOE iba a entregar el poder al PP. Que la corrupción daba lo mismo. Que por coherencia ideológica, los que mandan en el PSOE iban a hacer lo que están haciendo los suyos en Alemania –gobernar con Merkel-, poniéndose al servicio del neoliberalismo, del bipartidismo y del desmantelamiento de los derechos laborales, que es la verdadera pelea. La única variable diferente es que en España existe Podemos, lo que obligaba al PSOE a algunas maniobras para desviar las culpas e intentar achacarle toda la responsabilidad a otros. Precisamente lo que nos les ha salido. Y mira que han intentado que Podemos se echara en brazos de sus estrategias buscando, incluso, ver si se rompía. Pero Podemos ha demostrado ser un partido con mucho más alcance del que le conviene al bipartidismo. ¿Van a seguir los medios diciendo que Podemos tiene que ponerse a la rueda del PSOE de la gestora?

Quizá lo que más molesta de la elección de hoy al PSOE y al grupo PRISA es que, solos con ellos mismos, ya no puede echarle la culpa a terceros. La hipótesis de Pablo Iglesias –en el PSOE han mandando durante todo este tiempo lo que querían alguna suerte de gran coalición- era correcta. De haberse subordinado Podemos al acuerdo PSOE-Ciudadanos, le hubiera correspondido la culpa de cualquier desenlace, fuera éste el que fuera. No subordinarse a un PSOE volcado al neoliberalismo es la premisa para que Podemos pueda, por el contrario, ser el principal partido de la oposición a la vergonzante gran coalición hoy ya desenmascarada. Era, por tanto, la premisa que estaba ahí desde que nació Podemos. Sólo la profusión de elecciones -siete en dos años y medio- hizo que se despistara. Pero ya está otra vez en el camino.

La decisión tomada por el Comité Federal del PSOE este domingo la hubiera tomado igual hace unos meses si Sánchez hubiera intentado entonces un gobierno con Iglesias. Conocedor de que tenía las manos atadas, Sánchez intentó forzar unas terceras elecciones donde, su propuesta de negociación con Podemos –nunca siquiera iniciada-, no buscaba realmente un gobierno alternativo sino ganar tiempo y poder vender en su partido que en unas terceras elecciones podría vapulear a Podemos al echarle la culpa de la repetición de los comicios. Como los barones tampoco confiaban demasiado en Sánchez, decidieron tomar el camino de enmedio. Una intervención de Felipe González desde Chile bastó para que la cabeza del prometedor Secretario General colgara en una pica delante del castillo de los Lannister. Y Pedro Blanco, entonces, resucitaba. Y luego los de Juego de Tronos son los de Podemos..

El PSOE ha completado hoy el ciclo que arrancó con la reconversión industrial en 1983, continuó con la entrada en la OTAN en 1986, fue consolidándose con las privatizaciones durante los noventa, se aderezó con la corrupción de los 14 años de gobierno de González, y alcanzó su madurez con los ajustes que puso en marcha Zapatero en 2000 (más privatizaciones, recortes a funcionarios, congelación de pensiones, frenazo de la ley de dependencia, reforma laboral, golpe duro a las cajas de ahorro, freno de la inversión y del gasto social). La abstención del PSOE, que entrega el gobierno al PP de la Gürtel, la Púnica, Rato, Bárcenas, Cotino, Fabra, Granados, González, De la Serna, Arístegui, Matas, maridos de Mato, Cospedal, Aguirre, Cifuentes, Pokémon, Dívar, Blasco, Tarjetas Black, saqueo de Bankia, etc., etc.,etc., culmina el viaje de la socialdemocracia española en la estela de la socialdemocracia europea, camino de la insignificancia al disputar a la derecha el programa neoliberal. Porque la gente suele preferir el original a la copia.

La deriva del PSOE –como la de El país– ya no es deriva: es un camino decidido. Es deriva sólo como la de aquella persona que insiste en darle otra oportunidad a su pareja mientras que ésta no hace otra cosa que reiterar el daño con su hacer y su decir. Los militantes del PSOE no van a poder seguir simplemente deseando. El PSOE se empeña en parecerse al PP, y PRISA se empeña en parecerse al ABC o a veces, incluso, a 13TV. El problema es que el grupo PRISA –en cuyo consejo editorial están Felipe González y Rubalcaba junto a Cebrián- lleva dictando al PSOE desde hace demasiado tiempo lo que tiene que hacer. CaixaBanca, Banco Santander y el HSBC –bajo la lupa de las autoridades fiscales de medio mundo- son los accionistas de PRISA. ¿Qué puede por tanto esperarse? Y, me temo, accionistas también del PSOE. El Sultán qatarí Al Kawari es accionista de PRISA y por eso El país nunca va a hablar de las condiciones de semiesclavitud de los trabajadores que levantan los estadios de futbol. De la misma manera, el PSOE no va a hablar de los vídeos de Felipe González pidiendo favores a un bróker iraní ni va a ver en la corrupción del PP razones de peso para negarles la investidura. Cuando desde el PSOE se deja caer que puede existir un dossier sobre Sánchez para frenar cualquier movimiento, no se aleja mucho de las prácticas que vemos en Los Soprano. El mundo de los negocios es así de inclemente.

¿Vamos a seguir viviendo la mentira de tener que escoger el mal menor? Entre Donald Trump y Hillary Clinton, parece evidente que un demócrata tiene que escoger a Clinton. Apoyar a Trump por aquello de que cuanto peor mejor es una estupidez. Cuanto peor, peor, como se vio en los años treinta, y el anhelo de Trump de imitar a Putin puede terminar en una catástrofe, incluyendo una enemistad bélica entre los dos neotarzanes donde ahora sólo afloran cartas de amor. Pero eso no hace buena a Clinton, cuya única posibilidad de salvación vendrá de los seguidores de Sanders a los que la presumible primera Presidenta de los EEUU ganó con malas artes. Pero ¿hay algún Sanders en el PSOE? Porque Madina, frente a quien Díaz y González se inventaron a Sánchez, ha votado a favor de la abstención. Pero el PSOE y El país dicen que algunos estamos en los límites de la democracia solo porque recordamos la historia del PSOE. O porque recordamos que se está haciendo muy largo el franquismo. Y ¿no es verdad? De lo contrario, ¿cómo es posible que alguien que ha sido grabado inventándose pruebas contra adversarios políticos, amigo, para más INRI jurídico, de vírgenes y de ángeles, como Fernández Díaz, pueda seguir siendo Ministro del Interior? ¿Y que pueda seguir siendo Presidente alguien que manda mensajes a la cárcel pidiéndole al tesorero de su partido que oculte pruebas? Qué poco pasado resisten estos demócratas de toda la vida.

Hace dos años dije que llegaría un momento en el que el PSOE tendría que escoger entre el PP y Podemos. Y que si escogía al PP, terminaría como el PASOK o el Partido Socialista Italiano. Pues ahí está el resultado. Pero no piensen que hay mucho genio detrás. Con gente como Felipe González todavía mandando no crean que son tan complicados los análisis.

 

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¡Es para dividiros, idiotas!

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¡Pero con lo claro que está! Siempre que me han pedido alguna colaboración sobre Podemos eran, de una forma u otra, artículos académicos. Y la academia, más con un pie en el otro mundo que en éste, no me ha ayudado a entender lo obvio. No lo había detectado porque lo vivía como una intuición cotidiana que configuraba el día a día de Podemos. Sólo en el marco de las discusiones internas me ha saltado la chispa. Sin tensión, los árboles no producen frutos. Y las flores son unas y la fragancia es otra. Vamos, que lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

El gran error de la izquierda durante el siglo XX fue poner a pelear a reforma, revolución y rebeldía. Lo conté en El gobierno de las palabras hace un lustro. Pero lo urgente siempre relega a lo importante. Que regrese otra vez la misma cantinela justo antes de una investidura con maneras fraudulentas nos tiene que quitar la venda de los ojos. El sistema, que ya ha intentado casi todo lo posible en el ámbito occidental, le queda solamente intentar la división. Algo en lo que siempre ha colaborado el campo progresista.

El reformismo, alejado de la voluntad de cambiar de base el mundo, se convirtió en un mero gestor del sistema. Con el tiempo y la tercera vía se convirtió en el ala centrista de la derecha hegemónica, fuera Thatcher, Reagan, Merkel o Rajoy (ahí están Blair, Hillary Clinton, el SPD o Felipe González). Por su parte, las propuestas revolucionarias nunca entendieron sus propias victorias, de manera que tampoco pudo entender que lo que valía para hace cien años hoy tiene otros contornos (ahí está su condena a vivir por debajo siempre del 10% del electorado). Mientras la derecha lee sobre robótica y nueva gestión en un tiempo de tecnologías de la información, los revolucionarios alumbran la noche con el “¿Qué hacer?” de Lenin. De manera que van tanto más lejos en sus propuestas cuanto menos gente tienen detrás. Eso sí, muy firmes en sus convicciones. Rebeldía, el pensamiento libertario, fue el gran perdedor del siglo. Y por eso renació de sus cenizas con fuerza con el zapatismo en México, con las revueltas en Génova contra la globalización neoliberal o en el 15-M. Pero igual que la horizontalidad libertaria es esencial para politizar en tiempos de despolitización, tiene la misma condena de las olas en el mar, que solo existen mientras hay viento, y su impotencia la expresa en las mil fracciones que siempre construye. Podemos ha tenido éxito porque ha entendido esto y le ha puesto solución: convivir.

En los momentos más excitantes de Podemos convivieron en su seno un alma reformista, un alma revolucionaria y un alma rebelde. A menudo mezcladas, como la fusión en el flamenco. A veces como palos duros que reclaman la autenticidad de una soleá o una siguiriya. Por lo común en un viaje constante de un lado a otro. Ni siquiera en el flamenco hay palos puros. Todo viene de una mezcla anterior. El éxito de Podemos ha sido encontrar la mixtura adecuada en cada momento de reformismo, de cambio estructural enfadado y de desborde creativo de lo existente. El reformismo ayudó, con su transversalidad, a atraer principalmente a votantes encadenados al bipartidismo. Revolución le habló a la izquierda clásica y a los enfadados con un sistema corrupto que además excluye. Rebeldía atrajo a los abstencionistas, a los jóvenes que ya son nativos tecnológicos, a los cansados de la mediocridad de la política de partido. Y todos juntos hablaron a todos y todas pues su diálogo alumbró la posibilidad de hacer política de manera diferente en el siglo XXI. Piedra, papel y tijera.

Andan ahora los medios, como siempre antes de una investidura, inventando peleas irreconciliables dentro de Podemos. Algo que se castiga inclementemente en España, un país que vive la política como teología monoteísta y condena a la hoguera al hereje, esto es, al que pierda la batalla. Son los medios los que gritan: ¡Mira lo que te han llamado! Y aunque la reflexión pueda tener más de erudición que de política cotidiana –por ejemplo, recordar que casi todos los símbolos vienen ya de algún pasado-, los medios, que se caracterizan por su banalidad y sus dificultades para procesar el pensamiento complejo, dicen sonrojados. “¡Ay va lo que te ha dicho!”. A ver si Podemos entra al trapo y nos distraemos de la tercera restauración. La que están organizando el Ibex 35, la troika y la Casa Real, junto con las guardias pretorianas de los viejos partidos, después de la de 1876 y la de 1978, restauraciones donde también intervinieron las potencias europeas. La tercera restauración es la que intentan trenzar a la desesperada el PSOE de la gestora y el PP de la Gürtel.

La magia de Podemos ha sido mezclar esas tres almas. El principal esfuerzo del régimen ha sido intentar romperlas. Hasta ahora solo han logrado, en el mejor de los casos, fusilarnos mal. La necesidad de un cambio en España, que solvente la herida territorial, la herida social y la herida ciudadana siguen pesando demasiado.

Como siempre, el peor enemigo que cada cual tiene somos nosotros mismos. Da igual cuál sea el resultado en Madrid o en cualquier otro proceso. Donde se la juega Podemos es en seguir conviviendo, con la tensión que produce las flores, reforma, revolución y rebeldía. Una vez que se ha desvanecido la discusión escolástica sobre quién es el PSOE -“cuando tú todo lo consultas a la ciudadanía desaparecen los matices” ha dicho Fernández Vara, y Javier Fernández, Presidente de la Gestora, ha recordado “el PSOE no es de sus militantes”-, lo logrará acertando en la construcción de la organización que ha demorado por culpa de siete procesos electorales hechos a pulmón sin pedir ni un euro a los bancos. No imitando al pasado sino atreviéndose a continuar todas las peleas de nuestros mayores adaptadas al siglo XXI. No queriendo dar todo por nuevo y sin tener la arrogancia de olvidar que hemos llegado hasta aquí gracias a las luchas anteriores. Quebrando la interrupción generacional que quiere el sistema y volviendo a poner a hablar a abuelas y nietas. Asumiendo que hacer política es una obligación ciudadana y que no hace falta tener cargos para asumir esa responsabilidad. Pensando tanto en los que están como en los que faltan, y no olvidar que entre los que faltan también están aquellos de los que todos se olvidan (precarias, cuidadoras a tiempo completo, trabajadoras sexuales, inmigrantes internas de hogar, emigrantes malviviendo fuera de España). Sabiendo que la política en el siglo XXI va a tener otros contornos y tenemos que ir definiéndolos. Y cuantos más colaboren en el diálogo, menos posibilidades de equivocarnos.

Todo está por hacer y nada es imposible. Creámosle: no lo dijo un político, lo dijo un poeta.

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La parte de culpa que nos corresponde

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Los dioses escriben recto con renglones torcidos. En España nos tocó uno disléxico que escribe torcido con renglones torcidos. La historia avanza a trompicones, en círculos ascendentes -es la única posibilidad para ser progresistas- pero con recaídas ominosas. Es cuando regresa el pasado con sus modos de felón. A veces la historia se pone fea.

Reviso El precio de la transición, el imprescindible libro de Gregorio Morán recientemente reeditado. Miro los muros derruidos de la democracia actual con el ejemplo de lo que ocurrió a la muerte de Franco. La tristeza se adueña de los geranios. Como si nada dejara huella reflexiva. Nadie, es verdad, escarmienta en cabeza ajena. Cabe añadir: ¿y tampoco en la propia? En una reseña de 1992, cuando salió la primera edición del implacable libro de Morán, Charles Powell, un autor que contribuyó desde la academia al mito de la Inmaculada Transición, tachó al periodista de “maniqueo”, “amargado”, “estridente”, “ofuscado”. Todo por no comprar la versión oficial que dice que la democracia la trajo el rey, por negarse a ese mandato que nos reclama sumisos y obedientes. Siempre en nombre de un consenso sinónimo de resignación. No hace falta grandes sentencias revolucionarias para ser laminado. El pasaporte para recibir tales calificativos pasa por afirmar cosas tan terribles como que Franco , un dictador sangriento, murió en la cama, que los reformistas del franquismo pudieron dirigir la Transición sólo por la debilidad de la oposición, o que las divisiones entre los rupturistas tuvieron mucho que ver con la incapacidad de las fuerzas de la izquierda para confrontar el franquismo. Y también el posfranquismo. Porque se quedaron durante décadas. ¿Cómo repetir sin sonrojo “no pasarán”? No sólo pasaron en el 36 sino que se quedaron los cuarenta años de la dictadura y una buena parte de los decenios posteriores. Mucho tiene que ver con este impasse que vivimos esa celebración falangista del “¡Pasamos!” que resuena aún verbalmente en Rafael Hernando, en Dolores de Cospedal, en Rivera o en Girauta, y en los modos de sus partidos. Cuando un pueblo se gana a pulso la democracia y su relato -también su relato-, no le pasa un Rajoy y su estela de corrupción e ineficiencia con esta impunidad. Tenía razón aquella pancarta del 15-M: “Qué largo se me está haciendo el franquismo”. ¿Por qué la izquierda y sus aires de familia ampliada no se enteran?

A la la muerte de Franco, el régimen estaba fuertemente debilitado -lo demostraba el protagonismo popular de la calle o la necesidad que tuvieron de cambiar a Arias Navarro por Suárez-. Las fuerzas políticas franquistas andaban desorientadas e improvisaban constantemente. Pero la oposición no estaba mejor. La maldita desunión. La misma que subió a Hitler al poder -¿por qué demonios los sindicatos marcharon el 1 de mayo del 1933 con los nazis para celebrar el día del trabajo?- y hoy hace que el neoliberalismo campe por sus respetos con la extrema derecha subiendo y subiendo en Europa y Donald Trump acariciando a su gato y al gobierno con más armas nucleares del planeta.

Si en los setentas y ochentas la recuperación de la democracia en España vino de la mano de los actores provenientes del franquismo, hoy podríamos repetir la jugada y permitir que los herederos de aquél régimen sean los encargados de rehacer el nuevo contrato social en España, es decir, uno sin derechos sociales ni laborales, con una judicatura amenazada y rodeada y con unos medios con más capacidad de lijar alternativas que cuando había solamente dos cadenas. Si ayer la permanencia de lo viejo lo logró la división de la izquierda y el miedo al ejército y al terrorismo, hoy lo protagoniza de nuevo la división interna entre las fuerzas de la izquierda -también dentro de las fuerzas del cambio- y el miedo al terrorismo islámico y a las mafias que dirigen la dictadura financiera.

El gran aporte del PCE a la Transición tiene dos lecturas. Desde el régimen del 78 se celebra el “enorme sentido común” que habría demostrado Carrillo, elogiado incluso por los que quisieron matarle durante décadas. Desde una mirada progresista, su gran logro fue, bien al contrario, desactivar la calle. Lo hizo con los Pactos de la Moncloa en 1977 (gracias a lo que les dieron un puesto en la ponencia constitucional) y con la asunción del consenso como entrega impotente. No fue aceptar la bandera, sino negar la movilización popular. Nadie que disfrute de un privilegio lo entrega sin presión.

Hoy no hay movilización popular en el reino de España -salvo en Cataluña- porque se está esperando que Podemos ponga en marcha la regeneración democrática. Y está tardando. Pero se vuelven a repetir esquemas de división interna y externa jaleados por los bancos, los partidos, las empresas y los medios de comunicación a su servicio. ¿Vamos a cometer otra vez el mismo error? ¿Vamos a tener que explicar dentro de veinte años que no pudimos salvar la democracia porque se repitió una “correlación de debilidades”? ¿Van a ser las ambiciones personales y la debilidad democrática interna de las fuerzas del cambio responsables de que se vayan de rositas el PP de Barberá, Bárcenas, Cotino, De la Serna, Fabra, Rus, Arístegui, Rato, González, Granados, Figar, Soria, Cañete, Cospedal, Fernández (y mil más), o el PSOE de Cháves, Griñan, González, Villa, de la reforma del 135, de las peleas de poder internas propias de una empresa mafiosa más que de un partido?

Rajoy se puede suceder a sí mismo de la misma manera que el rey Juan Carlos se sucedió a sí mismo, como Cebrián y la prensa del régimen se sucedieron a sí mismos, como Fraga, Suárez, Cisneros, Pérez Llorca, Fernández Miranda, como los jueces, catedráticos, policías, políticos, empresarios de la dictadura se sucedieron a sí mismos. Y mientras, las fuerzas del cambio se enredan en un juego propio de niños caprichosos que dan prioridad a su ambición antes que al interés del país. Los partidos, con creciente arrogancia, se están presentando como los responsables de que la democracia no crezca. Y ese posfranquismo sociológico penetra incluso en los nuevos partidos (véase el comportamiento de Ciudadanos o algunas de las discusiones que tiene en su seno Podemos). Esa división paraliza a las fuerzas del cambio y es la alfombra roja por donde regresan siempre los de siempre. Como en el Tratado de Maastricht, cuando las fuerzas del cambio, con una confusión proverbial, estaban a favor, en contra y a favor de la abstención, además del “sí crítico” que defendía CC.OO para terminar de confundir a quien aún no lo estuviera. La derecha nunca se equivoca y siempre va junta. Su realismo es quizá su mayor virtud. En España, incluso han hecho un hueco dentro de sus filas para la extrema derecha. Por el contrario, las fuerzas de cambio, en todo su espectro, siempre parecen un paisaje después de la batalla.

¿Parálisis en España? ¿Terceras elecciones? ¿Acuerdo quirúrgico camino de alguna suerte de gran coalición? Y las fuerzas que debieran estar en el cambio afirman: si, no, abstención y apoyo crítico. O como dicen en el Caribe, un arroz con mango. Y en Argentina, un quilombo. Vamos, que un mejunje que no hay quien se lo lleve a la boca. Mientras tanto, los partidos pensando más en ellos mismos que en el país. Culpa de la gente, que les deja solos.

El espectáculo del PSOE es a mayor gloria del esperpento: en el Consejo Federal socialista no saben qué va a hacer su Secretario General, Pedro Sánchez, porque no se hablan con él. Pedro Sánchez ya no sabe qué hacer, obsesionado con ganar tiempo, por el odio que le profesa su Consejo Federal. Susana Díaz, el elefante blanco de la vieja guardia socialista, se desinfla día a día y encima piden cárcel para sus padrinos políticos (el fiscal, una vez más obedeciendo a los intereses del PP, lo anuncia apresuradamente para compensar la imputación de Rita Barberá). Fuera cual fuese el resultado de unas terceras elecciones, el PSOE no está en circunstancias de gestionar nada. Estamos echando aceite y aceite a la mayonesa cortada. A Podemos, después de dos años de elección tras elección, le toca prestarle un poco de atención a lo interno y saber qué quiere ser de mayor. Es normal que tenga ruido. No lo será si no habla con claridad y expresa en qué consisten sus diferencias internas, más allá de los síntomas del “mal de piedra” que muestras ya algunos de sus miembros pese a su juventud. Si se quiere parchear lo viejo o si se quieren abrir nuevas posibilidades. Si se quiere ser un partido más o si se está dispuesto a enfrentar los enormes retos que amenazan a la Unión Europea. Si se atreve y apuesta fuerte por la democracia o se asusta y quiere intentar ganar credibilidad en el estado de partidos metiéndose en la cama con quienes vino a sustituir. Lo hizo Lula y Dilma Roussef en Brasil. Ya hemos visto cómo se lo han pagado. Roma no paga traidores. Volvemos a olvidarnos de que el verdadero viaje empieza cuando se acaban los caminos. Y que lo nuevo nació para ayudar a que lo viejo se marchara. ¿Nos acordamos de aquello del 15-M?: vamos despacio porque vamos lejos.

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Un trío político sin amor, sin sexo y sin precauciones

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Investiduras: huir de melodramas sin final feliz

Decía Bertrand Russell que la vida no es un melodrama devastador compensado con un supuesto final feliz. La investidura de un gobierno tampoco. Malvives, sufres y encima el final es una basura. No se trata tampoco de ocultar las dificultades ni de magnificar los problemas en un momento de crisis política y económica en Europa (ahí está el creciente auge de la extrema derecha). Fortaleza para enfrentar sin miedo a los que quieren asentar las desigualdades, templanza para entender la parte de verdad que portan los demás; justicia para pedir cuentas a los responsables; y prudencia para saber cuándo es el momento para que las cosas puedan pasar. Todo lo contrario de lo que exigen las urgencias electorales y los plazos agónicos de las investiduras.

Ni los cocineros más creativos han inventado un plato de sardinas a la plancha con nata, ni crema pastelera con lentejas estofadas ni deconstrucción de café con leche al alioli. Hay cosas que no van juntas ni poniéndote imaginativo. Si lo cocinas es solamente porque sabes que nadie va finalmente a comérselo. Una mera representación. Y si alguien, por hambre y desesperación, se atravesara ese mejunje, terminaría vomitando más temprano que tarde. El resultado es que estarías igual de hambriento que al principio, pero con la camisa sucia, la garganta irritada y el cuerpo revuelto. Si lo vas a vomitar de inmediato, no te lo comas. Y esto no es una metáfora: esto va por mezclar a Unidos Podemos con Ciudadanos e, incluso, con esa parte del PSOE que apenas tiene diferencias con el PP.

En la degradada política española, el viejo régimen se niega a decir la verdad sólo porque unos medios igualmente del régimen les cubren las espaldas y les prestan la respetabilidad que ya no tienen. La ausencia de democracia interna en los partidos o la desconfianza en la participación popular por parte de las élites hacen el resto. La vieja guardia del PSOE y del PP o la vieja guardia remozada de Ciudadanos siguen moviéndose como si la ciudadanía no hubiera perdido en los últimos ocho años buena parte de lo ganado desde la recuperación de la democracia. Nadie rinde cuentas, nadie tiene responsabilidades. Y el pueblo, tachado de idiota resignado, tiene que tragar la bazofia de siempre porque de lo contrario tendrá que ir a otras elecciones y le están repitiendo machaconamente que antes morir que perder la vida. Si el grupo PRISA no hace más que repetir que unas terceras elecciones son el Apocalipsis igual tenemos que empezar a pensar que, más allá del enfado que nos producen, igual tienen algo positivo. NI hay que ir a votar con miedo ni hay que dejar de ir a votar por miedo.

Una España que sale del bipartidismo y quiere entrar en la promiscuidad

Parece que en la política española pueden hacerse cuantas mezclas se requieran antes de asumirse que la vieja política ya no sirve para gobernar. Nos está costando como pueblo salir de la infancia miedosa y asumir que ya nos toca crecer. Ciudadanos puede en nombre de España irse con el PSOE, luego puede marcharse con el PP sin que a España le salga sarpullido, luego puede regresar otra vez en brazos del PSOE, siempre por el bien de la patria (¿Verá Ciudadanos el bien de la patria en otro lado que no sea hacer de muleta de los viejos partidos? ¿Es que se nos ha olvidado el caradura de Girauta gritando ¡Es inimaginable que Ciudadanos vote en una investidura a Rajoy!¿ ¿Y Rivera insultándo al Presidente y pidiéndole que se vaya?). De la misma manera, el PSOE puede reformar el artículo 135 de la Constitución cuando está gobernando o declararse, ya en la oposición, bolchevique, de la misma manera que acuerda con el PP todas las grandes políticas de ajuste en Europa y luego representa en Madrid escenas desabridas donde hacen como que ni siquiera se dan la mano. O el PP puede hacer campaña con el sempiterno “España se rompe” y luego pactar con el PNV o vaya usted a saber si con la antigua Convergencia la Mesa del Congreso y el Senado y los grupos parlamentarios.

Fracasados los acuerdos de Ciudadanos con el PSOE y con el PP, parece claro que la alternativa que no sea mantener el engaño sería un gobierno del PSOE con Podemos sostenido en un claro programa de gobierno, donde tampoco pueden incorporarse ingredientes que no encajan por ser de la derecha españolista -como Ciudadanos- o de la derecha nacionalista -como el PNV o PDC-. Ingredientes que más temprano que tarde indigestarían la comida. Pero Sánchez no lo va a hacer porque no le dejan en su partido. Se lo dijeron muy claro: “sólo con Podemos, nada de nada”. Y Sánchez intentará regresar a diciembre. Hay una única clave para interpretar al PSOE: sus dirigentes están intentando única y exclusivamente salvar su puesto de trabajo. Ahora regresa a la cocina, otra vez, Sánchez. No porque nadie vaya a comerse ese plato, sino porque cree que así vamos a terceras elecciones y le puede intentar echar la culpa a Podemos. Hace falta mucha paciencia para no mandarles a freír espárragos por desmemoria y falta de imaginación.

Sánchez necesita prolongar su mentira porque así está prolongando su vida política. No hay ni un solo gramo de otra interpretación. El espectáculo que está dando el PSOE es de sainete costumbrista, y la interpretación de Sánchez le llevará a que cuelguen su retrato al revés en la sede de Ferraz después del próximo congreso. Contarnos que el “no” a Rajoy es una señal del gran compromiso con las mayorías del PSOE es como pensar que Felipe González grabó un vídeo de apoyo a un broker del petróleo con el dinero en Panamá por razones de compromiso con el socialismo. Los dirigentes del PSOE son políticos profesionales.

El superviviente por excelencia trae ahora el “cóctel Sánchez”. La preparación es atrevida: unas gotas de bronceador, un chorro generoso de nueva derecha, aroma artificial de viejas promesas, 3/4 de jugo de barones, unas gotas de salsa Perrins a la Susana, servido eso sí, en vaso de cristal de Unidos Podemos. Frío o caliente, porque da lo mismo. Puestos a seguir el disparate ¿por qué no gobierna Rivera con la abstención del PSOE, de Podemos y, ya puestos, del PP? Total, la voluntad de los españoles ya casi va a dar lo mismo. ¿O por qué no dimite Rivera por el bien de España para que Ciudadanos pueda abstenerse en un gobierno del PSOE y Podemos? ¿O por qué no se van Sánchez y Rajoy y le pedimos a Goldman Sachs que escoja a un economista de la casa para que gestione los ajustes que vienen? Y el Rey, insistiendo en esa faceta de rey prudente que te da no poder hacer otra cosa que quedarte callado.

El fraude de un gobierno tripartito sin coherencia ideológica

Los que venimos de familias humildes sabemos que las cosas malas se rompen mucho antes. Más vale esperar, ahorrar un poco más y comprar un abrigo o unos zapatos que duren por los menos un invierno. La necesidad, es cierto, a veces manda, pero a perro flaco todo se le hacen pulgas.

Un gobierno tripartito con la derecha (PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos) es un fraude democrático. Una gran coalición del PSOE y del PP es una burla, pero no un fraude. Es la ciudadanía quien la compra. Sánchez lo sabe, pero lo propone porque lo importante ya no es España ni la voluntad de los españoles, sino cómo se coloca cada cual en las inconcebiblemente posibles terceras elecciones. Ciudadanos es un partido creado por la derecha económica para apuntalar el modelo de ajustes y recortes apuntalando al PSOE y al PP e intentar frenar a como fuera a Podemos. Que es lo que hace en Madrid y en Andalucía y es lo que ha intentado hacer en las investiduras fallidas. Rivera tiene como compromiso central asumir los mandatos económicos de la Troika, y como coartada decir con ademanes menos militaristas el repetido España se rompe que alimenta a una derecha sin ideas. Bruselas ya no da más tiempo a estos viejos actores. ¿Cuánto duraría ese gobierno? Apenas dos semanas después de conformado, Rivera exigiría cumplir con las exigencias de la Troika. ¿Y entonces? ¿Se disuelve el gobierno? No. El PSOE y Ciudadanos estarían de acuerdo y Unidos Podemos, traicionado, tendría que salir del ejecutivo. Es decir, los votos de Unidos Podemos sólo habrían servido para investir a un gobierno de Rivera presidido por Sánchez. ¿Esto es lo que esperan los millones que salieron a protestar el 15-M?¿Esto es lo que esperan los que han tenido que marcharse fuera de España a buscar trabajo?¿Esto es lo que esperan los que llevan años sin trabajar y los que trabajan más horas y ganan menos?¿Esto es lo que esperan los universitarios que ya no pueden pagarse la matrícula, los desahuciados que perdieron su vivienda y sus ahorros, los ancianos que mueren sin la ayuda a la dependencia, esperando vanamente operaciones que no llegan o que ven mermados sus salarios porque tienen que pagar las medicinas?

Los problemas urgentes de España pasan por apostar todo y más por la creación de empleo digno, lo que pasa por abolir las reformas laborales del PSOE y del PP y hacer un esfuerzo desde lo público como lo que significó el Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial. Sin empleo digno que cotice a la Seguridad Social, el Estado no tendrá capacidad fiscal y las empresas seguirán cerrando o sobreviviendo con empleo semiesclavo. El papel de los autónomos es esencial, y no pueden seguir siendo tratadas por la administración como complemento de las grandes superficies y de las multinacionales. De no atacarse con celeridad los asuntos labores, seguiremos la espiral tercermundista. España tiene que impulsar, como cuarta economía del euro, un giro en las políticas de austeridad en Europa que dejen de ordeñar a una vaca a la que se le quita cada vez más pasto. Las enormes desigualdades en España tienen que ver con la impunidad, de manera que es esencial un plan radical contra la corrupción que pase igualmente por reformar una judicatura que debe empezar a rendir cuentas al pueblo al que sirve. En la situación de necesidad en la que viven millones de españoles, es urgente recuperar la Ley 25 que garantice mínimos vitales a los colectivos más golpeados, sin olvidar a las mujeres y los ancianos, y sin perder de vista que las urgencias económicas están dejando de al lado las urgencias ambientales que cada vez son más amenazantes (y que el PP y el PSOE solventan colocando a los líderes políticos en los consejos de administración de las empresas energéticas o mandándoles al Banco Mundial).

Ganar por cansancio

El cansancio electoral no puede hacer perder de vista que Europa se está jugando su especificidad, su Estado social y democrático de derecho. Las agencias de calificación, las patronales y los grandes bancos ya han manifestado que los derechos laborales son cosa del pasado. El hundimiento de la URSS y la debilidad sindical enterraron lo que se ganó en 1945 cuando las potencias del eje Fueron derrotadas. La derecha asume ese escenario. Ahí están el PP, Ciudadanos, el PNV y la antigua Convergencia. En muchos lugares de Europa, la socialdemocracia también ha aceptado las nuevas reglas (ahí están los recortes sociales y la confrontación con los trabajadores por parte de Hollande y Valls en Francia o el hecho incontrovertible de que el Partido Socialista alemán está gobernando con Merkel en Berlín). En España, sólo el accidente de que el PSOE está en la oposición le hace parecer distante de esas políticas. La ciudadanía tiene que darse nuevos instrumentos para confrontar esas políticas que van contra las mayorías. Eso es lo que significa Podemos. Su razón de ser está en encontrar soluciones que no acepten la retirada que exigen las demás fuerzas políticas. Y por eso, su razón política no puede negociar con las razones políticas que quiere superar bajo riesgo de que se mimetice y las mayorías no vean en ella una fuerza política con capacidad de representar sus intereses. La gravedad de la situación no puede solventarse con tácticas electorales y electoreras

Ojalá el pueblo español castigará inclementemente en las urnas a los políticos que les mienten. Ojalá el pueblo español entendiera que cuando no va a votar, está dejando que Rita Barberá se tronche de risa en el Senado o que Ignacio Granados se parta de risa en la cárcel. Porque dejar de votar es multiplicar el voto de la derecha, que vale entonces por dos y por tres. El PP sabe que puede jugar al cansancio, porque sus votantes se cansan menos que los de los demás partidos. Y esa responsabilidad no puede delegarse. Y Podemos debe saber que tarde o temprano gobernará en España, y para eso es importante no cargar con la ceniza que cae de esa hoguera de mentiras en donde arde la política española de los últimos cuarenta años. Que los que no han traicionado puedan intentar gobernar sin lastres ni contradicciones.

No hay regeneración con engaños. Y un tripartito lleno de contradicciones irresolubles, es el salvoconducto que necesita el PP para erigirse en el partido de oposición frente a un experimento que apenas duraría unos meses. Recordemos el PP en la calle contra Zapatero. Estatut, matrimonio de parejas del mismo sexo, excarcelación de presos, fin de ETA. Daba lo mismo. Un gobierno del PSOE con Unidos Podemos le regalaría al PP la oportunidad de volver a esa oposición hooligan que representan las maneras neofalangistas de Rafael Hernando y las mafiosas de buena parte del gobierno (como el Ministro que se inventa pruebas falsas contra los opositores y ahí sigue), pero tendría que intentarse porque en España aún hay mucha gente que cree que el PSOE es de izquierdas. Son las cosas de tener una derecha comprometida aún con la nostalgia del franquismo. Pero si no hay garantías de que se pueda hacer algo a favor de las mayorías -y cualquier acuerdo con Ciudadanos lo impide- le corresponde a Unidos Podemos asumir que tiene la obligación desde la oposición de ganarse el respeto de los dos millones de votos que apenas le faltan para gobernar este país y dejar atrás este pasado que se resiste a marcharse.

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De investiduras desvestidas y sastres tramposos

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No hay ningún partido que no haya dicho que estas investiduras son un teatro. Parecen Cyphra en Matrix: saben que el filete es de mentira pero se lo comen. ¿No será que necesitan vender entradas?

Dice Gazzaniga que quien cree a los mentirosos no es antepasado de nadie. En las fábulas, los animales hablan. Pero es mentira. En las fábulas de leones suele ser normal que alguien termine siendo la merienda del rey de la selva. Sobre todo el que se cree el cuento. En la fábula de la política actual, cuando el pueblo se relaja termina siendo la merienda de los partidos políticos. Y esto es grave porque, al menos de momento, sin partidos no hay democracia. Y su hambre es insaciable. Y casi todos llevan mínimo veinte años comiendo del erario público. Incluidos los que basan su discurso en insultar a lo público. Ahí están Esperanza Aguirre o Cristina Cifuentes.

¿Cómo es posible este espectáculo de reino bananero que estamos representando? ¿Cómo es posible que Rajoy siga erre que erre pese a su incapacidad de sumar apoyos por ser la piedra de toque de la más abusiva corrupción política que se recuerda? ¿Cómo es posible que Sánchez pueda seguir frenando lo que siempre ha hecho el PSOE, que es ser el compañero de baile del PP, ante la mirada atónita de casi todo el mundo? ¿Cómo es posible que nadie hable claro para explicar sus intenciones -sea el PNV, PDC o Ciudadanos- y haya que interpretar y elucubrar para intentar acercar algún sentido? ¿Por qué no se puede saber qué pactó el PNV con el PP? ¿Por qué tenemos que comernos acuerdos de investidura falsos y que no van a ningún sitio como el perpetrado por Rajoy y Rivera o como el que se inventará Sánchez para hacer como que pacta con Iglesias? ¿Cómo es posible que la Presidenta del Parlamento busque fechas para las elecciones para dar cabida al chantaje de Rajoy de unas terceras elecciones en Navidades?¿Porque ningún barón del PSOE dice en público lo que insultan a Sánchez en privado? ¿Por qué Susana Díaz piensa más en su futuro como Secretaria General del PSOE que como una política responsable? ¿No será todo esto porque a los partidos políticos les importamos una mierda los ciudadanos?

Si hubiera que encontrar la lógica del sinsentido de la política española actual tendríamos que buscarla en el nulo contenido democrático de los partidos políticos. Ni tienen un comportamiento interno democrático ni les importa una higa lo que opinen los militantes o los votantes más allá del día de las elecciones y la previa campaña. Como los partidos son, además, quienes organizan el funcionamiento del Estado -podrían hacerlo funcionarios con un compromiso ético con la Constitución y con su carrera como servidores públicos, pero son los partidos quienes ocupan los espacios esenciales del Estado- trasladan a todo lo que tocan su concepción patrimonial y caprichosa con la que hacen y deshacen. La ciudadanía se queja, pero obedece. Dice ¡ay! cuando le muerden. Pero termina en el estómago de sus mandatarios igual que termina el día cuando la rotación de la tierra hace valer sus reglas implacables.

Rajoy ha ido a la investidura como se sacan los pasos en Semana Santa. Un repetido teatro de la farsa. A algunos les molesta que se hable de la Inmaculada Transición cuestionando esa imagen de gloria que invita constantemente a la resignación y a la parálisis. Porque la Transición es el velo que no deja ver que no es que no sea oro todo lo que reluce, sino que los metales de la política española son como aquel viejo plomo que contaminaba el agua en cañerías vetustas. Mientras Europa desarrollaba el estado democrático y social, en España Franco aún fusilaba y encarcelaba a los que pedían para España simplemente esos derechos. Tras 24 años celebrando el día de la victoria sobre los republicanos, el año 25 fue el de la paz y el golpe de estado de julio de 1936 pasaba al olvido como un terrible aguacero que inundó el país de sangre como si de una inoportuna tormenta se hubiera tratado. No es lo mismo que el día nacional celebre la toma de la Bastilla y la decapitación de los autócratas a que sigamos el engaño de celebrar el 12 de octubre intentando presentar como gesta lo que fue otra carnicería impulsada por la incapacidad económica de los Reyes Católicos. Una enseña y la otra distrae.

Las maneras de chuleta de Rafael Hernando beben de la chulería falangista de los que daban paseíllos. La quietud impúdica de Rajoy sólo es concebible por el poso del “usted no sabe con quién está hablando”. Un veleta como Albert Rivera sólo se entiende viendo Los golfos de Tony Leblanc. Puede haber periodistas pantuflos y mentirosos paseando su doctrina por las televisiones porque los lectores no son nada exigentes y siguen sin entender que un periodista que miente es como un médico que enferma. Y mientras siga ese respeto absurdo a quienes hace mucho tiempo que dejaron de respetaros, no hay salidas democráticas. La impunidad del franquismo es la impunidad de la democracia. Pero quien hable mal de la Transición pierde votos.

Podemos tiene que ofrecerle machaconamente a Sánchez la posibilidad de hacer gobierno porque en España hay mucha gente que cree que el PSOE es un partido democrático y de izquierdas. Y lo cree por la única razón de que el PP, el que ha sido el otro gran partido, fue fundado por un Ministro de Franco que firmó sentencias de muerte. Por eso Podemos descolocados al PSOE hasta el punto de que prefiere pactar con el veleta Rivera antes que con quien le pone delante el espejo de su decrepitud.

La cultura franquista dejó su poso en la cultura de la Transición y el franquismo sociológico sigue haciéndonos un pueblo con más miedos de los que son deseables en democracia. Por eso esas peticiones desesperadas como súplicas de reo ante el patíbulo pidiendo un gobierno del PSOE, Podemos y Ciudadanos aunque sea falso como los unicornios o como torcer cucharas con la mirada. ¿Pero qué va a negociar Iglesias con Rivera y Sánchez cuando el punto número uno del acuerdo de Ciudadanos con el PP es cumplir las exigencias de austeridad que mandan los hombres de negro de la Troika? Miedo, miedo y más miedo. Y en medio del miedo, mentiras.
También por eso el 15-M tuvo un gran componente generacional. Y precisamente por esa necesidad de que lo nuevo no se agriete con lo viejo, es hora de que vuelva a decirse a los partidos políticos, a los que no les duelen las necesidades del pueblo, que hace falta sacar las conclusiones correctas del fallo del sistema en que malvivimos. Es decir, que ellos son parte del problema y no parte de la solución y que si mezclas leche cortada con leche fresca, terminas estropeando todo el cántaro.

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